EN el mundo de las banderas, como en cualquiera, había añosas banderas descoloridas y desgarradas en mil batallas; nuevas banderas flamantes; banderitas con ansia de sobresalir, que se agitaban y aupaban. Las banderas se agrupaban estrechamente por colores, claro, aunque a veces se unían con otros que combinaban bien. Pero uno y otro bando propendían a volverse lanzas, aprovechando el agudo remate metálico de sus astas. Y así se rasgaban mutuamente o entrechocaban los cilindros de madera en una esgrima no a primera sangre sino a muerte. Hasta que, un día, un pobre mástil carcomido, sucio, crucificado de cicatrices, se sacudió con furia y se deshizo de su trapo irreconocible. Entonces lo machacó con la contera y luego se hincó en la tierra jugosa. Poco a poco la imitó el resto de las banderas de aquel mundo y, sobre el abono de las telas desechadas, florecieron, inextricablemente unidas, en un nuevo mundo de árboles multicolores, que perdió la memoria de toda bandera pretérita. Esta parábola entre el sueño y la vigilia refleja, por supuesto, un mundo imaginario, y cualquier parecido que se encuentre es, desde luego, pura coincidencia. Sobre todo, el desenlace.