ALGUNA VEZ George W. Bush tenía que tener la razón. Alguna vez, algunas de sus propuestas, tenían que ser sensatas. La penúltima, en un afán desmesurado por demostrar que se resiste a arrasar Irak, tiene cierta lógica. Se ve que lo ha analizado con sosiego. Si Sadam Husein acepta abandonar el poder, él se dará por satisfecho. Y nos evitaremos un festín de sangre. Lo que le ocurre a Bush es lo que nos ocurre a una gran parte de los humanos. Que no soporta a los dictadores. Que no puede ver cómo los pueblos sufren la falta de libertad y de democracia. Que quiere hacer un paraíso de este planeta. Y que hay una serie de tiranos interesados en que no lo consiga y eso le quita el sueño. Así que nada que objetar a la propuesta del presidente norteamericano. Sadam se va, se exila, y aquí no pasó nada. Arreglamos Irak; hacemos felices a los sufridos iraquíes y nos ponemos a otra guerra. La propuesta es razonable. Pero un tanto incompleta. Está bien lo de arreglar Irak. Pero un hombre con sus profundas convicciones democráticas no puede darse por satisfecho sólo con eso. Arreglamos Irak y después nos ponemos manos a la obra con Paquistán, China, Israel, Argelia, Nigeria, Libia, Guinea, Cuba, Myanmar (Birmania), Liberia, Siria, Indonesia, Sudán, Mongolia, Corea del Norte, Yemen, Sierra Leona y así más de la mitad del censo terráqueo, cuyos habitantes sufren serias limitaciones de libertades y derechos humanos. Cuyos pobladores padecen una situación similar o peor a la de Irak. Así que aceptemos que se vaya Sadam. Y con él, todos cuantos mantienen su misma política, aunque carezcan de petróleo. Nos haría muy felices. Y más felices todavía seríamos si el propio Bush siguiese su camino. Claro que pensándolo mejor, con que se vaya él sólo, lo arreglamos.