CAUSA asombro la gran cantidad de descerebrados que desfilan por nuestras televisiones repitiendo hasta la saciedad que son periodistas y que la basura que manosean cada día son verdades trascendentales: con quién se acostó Yola Berrocal, con quién lo va a hacer Carmen Janeiro (La Jesulina), o qué tristezas se acumulan en el alma sensible de Belén Esteban. ¿A quién se le ocurriría llamarle a todo esto periodismo del corazón? Porque si de corazón hay poco, de periodismo no queda ni el cero patatero que enfatizó en su día don José María Aznar. La realidad, sin embargo, es que estos comentaristas de la nada lo han invadido todo con una soberbia que acongoja y estremece, amparados por unas audiencias simplemente incomprensibles, en las que arrasan a la otra nada (o casi nada) que se les opone o hace frente. Encarnan las horas doradas de la basura entronizada. Como bien dijo este verano el no siempre maledicente Francisco Umbral, los tifones de la vulgaridad tecnológica pasan sobre nosotros. Frente a lo cual aconsejaba escoger un buen libro y solazarse con su lectura, lejos de los rayos catódicos y de la verborrea anodina de tanto deslenguado. Y esta vez creo que tiene más razón que un santo.