La lección sueca

ANXO GUERREIRO

OPINIÓN

LA PROLIFERACIÓN de noticias, generada por la frenética dinámica de la política mundial, ha relegado, injustamente, a un segundo plano la rotunda victoria electoral de la izquierda sueca. Sin embargo, la importancia de este acontecimiento está fuera de toda duda. No sólo, y no tanto, porque represente una quiebra en la ininterrumpida serie de victorias conservadoras en Europa, desde Italia a Holanda, desde Portugal a Francia. La relevancia de las elecciones suecas radica, sobre todo, en que su resultado impugna abiertamente el dogma neoliberal, en el que se sustenta el pensamiento político y económico dominante, según el cual la equidad sería incompatible con la eficiencia y la democracia estaría forzosamente limitada, debido a la imposibilidad de aplicar políticas económicas y sociales alternativas. No faltarán lectores a los que estas afirmaciones les parezcan, como mínimo, exageradas. A quienes así piensen me permito recomendarles que reflexionen acerca de cuántas veces han escuchado a nuestros gobernantes afirmar que, en el contexto de la integración monetaria europea (como parte del proceso de regionalización europea y globalización mundial), no existe margen para desarrollar un proyecto político diferente del que viene realizándose. Pero, si no es posible optar entre proyectos diferentes, ¿no estamos firmando el acta de defunción de la democracia cuya esencia consiste, precisamente, en la capacidad para elegir entre opciones diversas, en el marco de unas reglas del juego previamente consensuadas?. Por lo que respecta al supuesto conflicto entre equidad y eficiencia, también habrán escuchado ustedes, con pertinaz reiteración, que el modelo social europeo, del que Suecia es el máximo exponente, está afectado de una grave esclerosis. Ésta se debería, según los portavoces conservadores dominantes en el pensamiento económico, a la rigidez en la regulación del mercado laboral y la extensa protección social de nuestros estados del bienestar, lo cual provoca un alto gasto público, responsable del bajo crecimiento y de la pérdida de competitividad que dificulta la adecuada integración económica internacional de nuestros países. La experiencia sueca y, en cierta medida, la del resto de países nórdicos, refuta abiertamente tales tópicos conservadores. En las últimas décadas, la economía sueca ha crecido a un gran ritmo, ha conocido altas tasas de inversión, ha incorporado masivamente a la mujer al mercado de trabajo, tiene una tasa de ocupación muy alta (doble que la española) y ha extendido los sistemas de protección social. Todo ello con una baja inflación y sin déficit público apreciable. Paralelamente, Suecia es hoy uno de los países más integrado internacionalmente. Su comercio exterior representa el 34% de su PIB, porcentaje superior al de la media europea, y al de la media de los países más representativos del pensamiento liberal (EE. UU., Reino Unido y Canadá). Pese a la rápida sucesión de importantes acontecimientos nacionales e internacionales, sobre los que habrá ocasión de opinar, comprenderán ustedes que no haya podido resistirme a la tentación de rescatar del ostracismo una noticia con semejantes connotaciones.