17 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

ENTRÉ en la autovía con un buen aguacero. Pensé: «Verás tú como al llegar al peaje te dicen que vayas despacio porque hay un coche accidentado un kilómetro más allá». Llegué al peaje y no, no me dijeron nada. Pero a la altura de siempre, es decir, cerca de la salida de Arteixo en dirección a Coruña, como cada vez que llueve después de una temporada más o menos seca, estaba el acostumbrado accidente. En esta ocasión el coche ardía, y los dos carriles de su lado, hasta el cambio de rasante, rebosaban carrocerías paradas de todos los colores. La Guardia Civil se ocupaba de todo. Hay cosas que no deberían ser adivinables. Si sé que, porque llueve, voy a encontrarme un accidente -alguna vez, en ese tramo, llegué a toparme con tres en pocas horas- será que esa autovía, por la que además pagamos peaje de autopista, está mal hecha. Cabe, claro, echarle la culpa a los conductores. Cabe incluso subir el peaje en vez de suprimirlo. Caben muchas idioteces. Pero la única cosa sensata sería arreglarla. Puede que sea pedir mucha imaginación, a la vista de cómo se soluciona el arreglo del tramo A Coruña-A Barcala: quitando un carril durante un tiempo. Olé. A eso se le llama estrujarse el cerebro, sí señor. Pretenderán que los coches se vayan acostumbrando así, durante siete kilómetros, a hacer cola para pagar el peaje más ridículo (¿o injusto?) del mundo.