Sadam no es Irak

OPINIÓN

SI SADAM HUSEIN no estuviera gobernando dictatorialmente un país con una de las mayores reservas petrolíferas del mundo, con uno de los mayores recursos hidrológicos en una zona totalmente desértica, y con una posición geo-estratégica de importancia clave para la conexión del transporte y el comercio entre Europa y Asia, nadie hubiera sabido de él salvo por breves referencias anecdóticas a su extrema crueldad. Sin embargo, siempre lo encontramos en la palestra informativa de forma destacada por su calidad de comodín para la política expansionista de Estados Unidos en Oriente Medio. Así su «excursión» por tierras persas, que se saldó con una cifra millonaria en costes humanos y materiales, sirvió para debilitar no solo a Irak sino también a Irán, las dos potencias de Oriente Medio con más posibilidades de hacer peligrar los intereses económicos y militares de Estados Unidos, y por ende, de Israel. La posterior «invasión» a Kuwait le dio la excusa perfecta para acabar con el inmenso poderío militar de Irak suministrado, paradójicamente, por aquellas naciones que se dedicaron a bombardearlo sin piedad durante semanas. Tanto la guerra entre Irán e Irak en los ochenta como la posterior crisis del golfo a comienzos de los noventa, coincidieron con graves baches económicos de Estados Unidos. Ambos conflictos sirvieron para relanzar su economía, vaciar los arsenales armamentísticos americanos que se encontraban a rebosar e incrementar los precios del crudo. Irak fue utilizado, además, como campo de pruebas para todo tipo de experimentos del material bélico de última generación. Bush, un títere manejado por las grandes empresas norteamericanas, incapaz para solucionar una nueva crisis económica en su país, se dedica a amenazar a Irak presentándolo como el almacén nuclear del mundo y el terrible enemigo de la paz internacional. El resto de los países con «cierto peso político» se han prestado a ser sus comparsas, con más o menos intensidad, debatiéndose entre la ausencia de justificación moral de este ataque y la innegable necesidad de subirse al carro americano para no ser boicoteado o perder algún tipo de ayuda. Por su parte, Sadam, sorprendido por su recobrada fama, consciente de que esta vez ya no podrá superar un golpe que tiene como objetivo eliminarle físicamente, intenta evitarlo apelando a la conciencia de la supuesta nación árabe. Sin embargo, a nadie parece preocuparle el sufrimiento de la población iraquí, sometida al terror de un tirano desde 1968. Nadie se ha atrevido a preguntar públicamente porqué no se derrocó a Sadam hace once años cuando las tropas internacionales estaban a las puertas de Bagdad. Nadie acusa a la Comunidad Internacional por haber creado un monstruo armado hasta los dientes y haberlo dejado campar a sus anchas durante más de tres décadas. Pero, sobre todo, nadie es capaz de distinguir que Sadam no es Irak sino sólo una persona y que eliminarle físicamente, un asesinato se mire como se mire, no justifica masacrar a todos los iraquíes.