CADA VEZ QUE le explican por qué hay que atacar Irak, por qué Sadam Husein es más peligroso de Musharraf, o por qué las grandes potencias están incendiando el Cáucaso y el Medio Oriente, usted mismo se da cuenta de que le están vendiendo una burra. Pero, al no saber dónde está el truco, apenas tiene defensas dialécticas cuando llega Aznar y, delante de una élite que le mira con arrobo, dice una genialidad como ésta: si tengo que escoger entre Bush y Sadam Husein, me quedo con Bush. Y, si tengo que elegir entre hacer algo o esperar a que Irak nos tire una bomba atómica en la Cibeles, voy a la guerra y defiendo la libertad. A primera vista, la lógica de Aznar parece aplastante, y su conclusión apodíctica. Pero la verdad es que se trata de un truco viejísimo y simplón, aunque su eficacia frente a las masas sea comparable a la que se obtiene con el mate Pastor cuando se juega frente a un ajedrecista inexperto. La clave está en que, en vez de concebir la realidad como un complejo abanico de posibilidades, en el que cobran valor los matices y se perfilan los equilibrios, se opta por una presentación binaria de todas las cuestiones morales y políticas, de forma que, frente a cualquier problema que pueda plantearse, sólo se exhiben dos respuestas extremas, de las que sólo una resulta razonable. ¿Qué prefiere usted: una victoria militar, al lado de los poderosos, o quedar a merced de los terroristas de Al-Qaida? ¿Qué le parece mejor: ilegalizar a Batasuna o dejar que los terroristas maten a los alcaldes como conejos? ¿Qué partido prefiere: el de Bush y Tony Blair, o del de Sadam Hussein y Bin Laden? ¿Con que hipótesis está de acuerdo: apoyar a Garzón para que gobierne España a golpe de instrucción, o dejar a la democracia en absoluta indefensión? Y así hasta el infinito. A pesar de su aparente debilidad, esta forma de hacer política tiene entre nosotros una larga tradición que, desde Mazarino y Richelieu hasta Kissinger y Powell, pretende definir el mundo por los extremos, borrando del mapa los enfoques complejos y todas las opciones intermedias. Si ellos hacen las preguntas, y dejan para usted las respuestas, no tendrá más remedio que darles siempre la razón. Pero si usted es un ciudadano consciente, y formula sus propias preguntas, enseguida verá que le venden una burra. Véalo, si no, con un ejemplo casero. Si va a comer a casa de su mamá, y le comenta que las patatas se han sobrecocido, siempre se encontrará con la misma respuesta: «Crúas de todo tampouco están boas». Es el mundo en binario, aunque a la gallega. El que nos hace comer puré como si fuesen cachelos. O el que nos hace tragar las guerras de Bush como si fuesen las nuestras.