UN Sampras-Agassi es algo más que tenis: Entonces Agassi dejó la raqueta y cogió el pincel. Sampras le había ganado los dos primeros sets, pero Andre aún tenía mucho que decir frente a aquel chico que sacaba ferraris de su muñeca con el gesto cansino de quien pica en una mina. Frente a la potencia descomunal de Pete sólo le quedaba buscar en su cerebro la paleta de colores de Monet y contrarrestar con arte los hachazos de Sampras. Y así empezó el tercer set. Andre no devolvía, peinaba. No servía, envenenaba. No liftaba, esculpía. Algunos de sus golpes fueron tan perfectos que el público hubiese deseado que la bola se quedase para siempre en el aire. La concentración del hombre de Steffi era tal que había en su mirada algo de turbio asesino. Sampras volvía a sus doscientos kilómetros por hora de saque para escapar de la paliza que le estaban dando. Entonces Agassi se puso a bailar sobre la pista, una extraña mezcla de Nureyev y Cortés. Tenía la precisión del bailarín ruso y pintaba las bolas con la sangre flamenca del gitano. Llegaba a las balas trazadoras de Sampras y le devolvía la munición convertida en escorzo, en esguinces de viento, golpes secos que morían en hoyos de golf... (Continuará).