NO pertenezco al grupo de los tibios o indecisos en su rechazo a Sadam Hussein. No me parece de recibo cerrar los ojos ante el peligro que representa este megalómano y acreditado dictador, tanto para el mundo como para los propios ciudadanos irakíes. Pero tampoco pertenezco al grupo de los que comulgan con las ruedas de molino que imparte el emperador George Bush como si fuésemos niños de chupete. No se puede soltar una retahíla de acusaciones contra el régimen de Bagdad con un soporte argumental tan bajo como el que utilizó el pasado fin de semana para apoyar su decidida opción bélica para solucionar de raíz el problema. Bush tiene que decidir si quiere aliados (además de Tony Blair) en su cruzada contra lo que llama El Mal, o si prefiere montárselo de Llanero Solitario poniéndose el mundo por montera (tiene armas para ello y para mucho más). Esta es la cuestión. ¿Por qué ha de aguantar las reticencias, pejigueras y condicionales, del alemán Schröder y del francés Chirac, que rechazan una acción aislada y unilateral. ¿De verdad necesita una gran coalición internacional para respaldar lo que de todos modos EE.UU. tiene que hacer o dejar de hacer? En esta duda vive sin vivir en sí nuestro Gran Líder. Pobre.