POCAS COSAS producen tanta curiosidad y asombro como el sueño. Quiero decir que vamos por la calle y vemos a alguien comiendo, por ejemplo, y no es cosa que nos llame la atención (a menos que esté comiendo desnuda). Pero alguien dormido o durmiendo siempre reclama algo de nuestro tiempo mental, y nos obliga a informar de lo que vemos a quien nos acompañe. «Mira a ese. Se ha dormido». Puede que el sueño nos resulte menos natural que la comida, y que el hecho de ver a un durmiente nos lleve a la consideración de un espacio en el que el ser humano se nos antoja algo inerme, ajeno a la inquietud y a la amenaza, cercano a lo angélico; el ser humano mejora con esos rasgos. La observación de lo que cuento, en un escenario tan cotidiano como puede ser el hogar y con un número de durmientes que supera lo casual, me ha llevado a una reflexión de índole económica y prácticamente empresarial. Galicia cuenta con un recurso, una fuente de beneficios tan natural y curiosa, tan singular, familiar e intangible como para que nadie -en lo que se me alcanza- haya pensado en rentabilizarla, en convertirla en fuente de riqueza. La cuestión es que (por razones que no vienen al caso ya que, entre otras cosas, no acierto a explicármelas muy bien) la casa se me ha llenado este verano de un ir y venir de personas, de un cafarnaum de hombres y mujeres que llegaban y se ponían a dormir, incluso sin necesidad de que les dirigiera yo la palabra. Se me dormían por los rincones, en las esquinas, al sol del jardín, a la brisilla de la terraza, frente al televisor, recostados contra el aparador. De vez en cuando se despertaban para llenar la andorga y, una vez repleto el bandullo, seguían durmiendo en las hamacas, los tresillos, las camas; no había una horizontal sin su durmiente. Alguien -en un raro instante de vigilia- decidió que eran los eucaliptus: «Son los eucaliptus, sin duda. El rocío de la mañana, las neblinas y las brumas... El agua hecha humedad en torno a los eucaliptus que rodean esta casa impone un aire narcótico al ambiente... En consecuencia, te quedas frito». Ese es el recurso que tenemos que explotar: dejarlos fritos. La hostelería gallega sabe dar de comer y de beber, provee de aguas termales, proporciona baños de sol muy llevaderos y hasta ofrece olas del mar que son buenas para resolver la fatiga demográfica que preocupa a nuestros gobernantes. Construyamos ahora balnearios para el sueño. Sabemos que la gente no pega ojo en otras geografías, y que esa carencia provoca espinosos problemas de la mente, notables asperezas del espíritu y el consumo compulsivo de unas pastillas de incontrolados efectos a cualquier plazo. Hagamos, pues, algo más por nuestros semejantes. Galicia, un lugar donde dormir a pierna suelta , podría ser un lema de la promoción. O bien: Olvide las pesadillas. Descubra sus propios sueños. Duerma en Galicia . Sería un modo de acreditar que, en lo que concierne al sueño, aquí se cogen las moscas por el rabo. Y no dejaríamos de ganar dinero. Con la ventaja de que dormir no crea basura.