El semen del mamut

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

28 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

SEGÚN ESTÁ en los libros, la carne del elefante produce sueños pesados. Así, Edgar Rice Burroughs cuenta en el segundo tomo de sus Aventuras de Tarzán de los Monos , lo que le pasó a su protagonista cuando, tras irrumpir en un poblado indígena y hacerse con la carne de elefante que los salvajes habían puesto a cocer, se comió una chuleta de paquidermo y se echó a dormir donde siempre lo hacía, en la horquilla de un árbol, fuera del alcance de Numa, el león. Lo que pasó es que Tarzán descubrió así lo que era una pesadilla, ese lugar erróneo al que uno siempre llega en el momento equivocado, sin saber por donde, por ni para qué, y en el que nadie está fuera del alcance del león. El hombre mono anduvo luego varios días turulato e incapaz de hacerse una idea de lo que le había pasado mientras dormía, hasta que cayó en la cuenta de que las pesadillas siempre tienen algo que ver con el arte de la metáfora. Luego supimos de los mamutes lanudos congelados en los hielos de Siberia, y de los que las autoridades soviéticas nunca podían ofrecer prueba alguna porque sus funcionarios y comisarios del partido siempre llegaban tarde al escenario de los hechos, cuando del mamut ya no quedaba nada; los siberianos se lo habían comido. Era lógico. Los siberianos pasaban un hambre de todos los demonios y, por si fuera poco, corría entre ellos la leyenda de que la pesadilla producida por las chuletas de mamut era mucho más llevadera que aquélla en la que vivían. Ahora deben de andar mejor comidos y no tan mal servidos los siberianos, aunque por tan hiperbóreas latitudes nunca se sabe. El caso es que ahora cuentan con un elefante congelado in toto y con un escroto rebosante de semen o, al menos, con lo suficiente como para reconstituir un ADN manejable, conseguir con él un zigotillo idóneo y concebir un mamut tal cual, del que se espera que amenice el ocio de quienes lo dilapiden en un parque temático a inaugurar en breve. Ese semen congelado de un mamut que hace diez mil años peleaba con tigres de dientes de sable, reintroduce la arquitectura de la metáfora en la posibilidad de un sueño. Los románticos más primitivos -y más delirantes- soñaron con una inmortalidad sustentada en una corriente de semen que, de un modo u otro, bajo los diversos atuendos que otorga la anatomía, fluyera del primer hombre al último. Los hombres vendrían de tal modo a ser una especie de cadena antropomórfica cuyos eslabones serían un solo y único eslabón tercamente recreado en todos y cada uno de los espasmos de un semen latente desde el primer padre hasta el último hijo, allá en la inalcanzable lontananza de lo eterno. Metáforas como esa hicieron de aquellos románticos unos seres macilentos y prematuramente calvos, muy dados a vagar por los páramos más tenebrosos con los ojos elevados al firmamento y la vista puesta en la Vía Láctea, que era para ellos el reflejo y la cifra celeste de aquella corriente inmortal que soñaban en el semen que fluía del Alfa al Omega. Eran gente escuálida que jamás probó una chuleta de elefante ni padeció la pesadilla de un mamut lanudo con el escroto expectante. No estaban preparados.