Marilyn

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

Era un ángel rubio, la bandera de nuestros corazones de cine, un pájaro, un colibrí estremecido. Tenía talento, mucho talento. No era sólo unas arrobas de carne perfectamente repartidas. Truman Capote definió su piel como una mezcla de vainilla y leche. El escritor le dedicó un extraordinario retrato en Música para camaleones . Imponente cuando le susurra que es una «adorable criatura», cuando pasean por un muelle tras acudir a un funeral y beberse una botella de champán. A Marilyn no le gustaban sus manos. Decía que eran gordas como las de Elizabeth Taylor, «pero con los ojos que tiene ella quién le va a mirar para las manos», envidiaba. Marilyn era frágil, cristal hecho añicos desde pequeña. Y alguien con el corazón roto sólo reparte pedazos. Pasó de hombre a hombre (Di Maggio, Miller, los Kennedy) como una oca casi patética. Ella quería amor. No sabía que el amor no se pide, se da. O así debería ser. Marilyn no es un póster. Es más que un pecado de cuerpo. Ése era su problema: una niña atrapada en un pecado de cuerpo, en unas piernas perfectas, en unas caderas de ánfora, con un pelo de trigo, unos pechos de cerámica y una campanada de culo. Una tormenta de verano en una chiquilla que jamás salió del invierno de su infancia.