El efecto secundario más seguro del vivir es el morir. Sin embargo, nada nos sorprende más, nada nos duele más si nos pilla cerca, porque, entre otras razones, suprime a alguien de nuestro mundo alcanzable, operativo. Llegan entonces las dudas sobre si uno ha hecho todo lo que estaba en su mano por el amigo, si ha sabido responder a su afecto. Nos anega, luego, la simple y durísima constatación de que aquel «me alegro de que existas», desinteresado fundamento de toda amistad, ya no puede funcionar igual. Cuando alguien se nos muere, concluye de algún modo una parte pequeña o grande de nuestra biografía. Queda cerrada, inamovible. Es cuento terminado cuyo final, aun con disgusto, abre siempre una esperanza. Se lo recordó Dios a nuestra Teresona de Ávila cuando se suicidó uno de sus primos arrojándose desde un puente. La Santa tenía tal disgusto que ni se atrevía a rezar por él. Hasta que Dios le dijo que lo hiciera: «Entre el puente y el río, Teresa, estaba yo». José Luis Minondo, hijo, murió sobre su moto. El camión que lo mató cerró muchas historias. Pienso ahora, sobre todo, en la de su mujer y en la de ese hijo tan pequeño que ni siquiera podrá recordar la amable cara risueña y bondadosa de su padre.