Rusia

ANXO GUERREIRO

OPINIÓN

MOSCÚ se asfixia con el humo procedente de los centenares de incendios que asolan la extensa zona verde que circunvala la capital rusa. No faltan voces que consideran esos incendios como la avanzadilla que abre el camino a la futura especulación urbanística a gran escala. Tal denuncia no resulta increíble, si se considera que en Rusia se ha instalado un sistema que es calificado por The Economist como la mayor cleptocracia del mundo. Desde la desaparición de la URSS, Rusia ha emprendido el camino de la degradación. Más que una transición al capitalismo parece que el antiguo imperio se dirige, a marchas forzadas, hacia la depauperación y la miseria. Rusia entra en el siglo XXI extraordinariamente empobrecida, con unos indicadores económicos y sociales aterradores. Su PIB en el 2001 apenas alcanzaba el 50% del que tenía en 1990. Más de 50 millones de personas viven en la pobreza y 15 millones se mueren literalmente de hambre. La esperanza de vida ha caído en picado, la desnutrición es norma entre los niños en edad escolar, las enfermedades que se creía erradicadas vuelven a ser epidémicas y las restricciones presupuestarias han destruido los sistemas educativo y sanitario. Completa este panorama la notable influencia que el crimen organizado ejerce en las altas esferas políticas y económicas, la corrupción generalizada y el riesgo de desmembramiento territorial. No hay duda, nos encontramos ante un drama histórico y humano de dimensiones colosales. No existe justificación para semejante hecatombe, sobre todo cuando se conocen los resultados de los procesos de transición en otros países. Por ejemplo, China. En 1989 el PIB chino era el 50% del soviético. Diez años después la situación es justamente la inversa y, de mantenerse las tendencias actuales, en el año 2015 la economía del gigante asiático alcanzará a la de EEUU, mientras la rusa apenas representará el 15% de la china. Así pues, el insólito viaje de Rusia a la prehistoria no es consecuencia del determinismo histórico. Tiene relación directa con las políticas desarrolladas por la nueva oligarquía rusa y sus gobiernos, con la inestimable aportación del FMI. Circula por Moscú una leyenda que refleja bien la desesperanza que ha enraizado en aquel gran país. Es la siguiente: Un ciudadano se encuentra con un viejo camarada del Partido e indignado le espeta: «¿Sabes que lo que nos contaba el PCUS sobre el comunismo era todo mentira?». El amigo le responde: «Sí. Pero lo peor no es eso, lo peor es que lo que nos decía del capitalismo era verdad». Desolador.