TELESPECTADORES Asociados de Cataluña se ha hecho eco de las numerosas quejas que ha recibido sobre la bajísima calidad de la programación veraniega de nuestras televisiones, con abundantes programas de cotilleo. Ejemplo de una protesta que se da con frecuencia en el país, paradigma de gentes que, aún quejándose, saben de antemano que sus reclamaciones no conducen a parte alguna. Vamos con una breve muestra, que podría ser muy nutrida, de protestas sin sentido, que lo son no por carentes de razón sino por la convicción generalizada de que nadie les va a poner solución. ¿Alguien cree posible que la justicia sea igual para todos, aunque en un momento dado nos haga concebir esperanzas el hecho de ver a Mario Conde y cuadrilla entre rejas? ¿Quién puede pensar en una Universidad que no nos resulte carísima a los contribuyentes, por muy altas que sean las tasas que abonen los estudiantes, en tanto se mantenga la masificación? ¿Alguien confía en que el Estado deje de fomentar la ludopatía, a la vista de la alta rentabilidad de los juegos de azar que explota? ¿Va a ser posible que el Gobierno no aplique el IVA a los bienes culturales, no obstante el bajo consumo evidente de los mismos? ¿Quién cree que podemos despertar un día con la sorpresa de que las administraciones públicas gestionan cualquier servicio con igual celeridad y eficacia que la empresa privada? ¿Suponen los más optimistas que tendremos una reducción razonable de ayuntamientos, con contribuyentes suficientes en los que queden como para que los concellos cumplan al menos las tareas elementales que tienen encomendadas por ley? Luego dicen que se protesta poco, cuando tenemos docenas de temas vedados, sólo porque todos convenimos de antemano que no van a tener arreglo. Así las cosas, protestar ¿para qué?