Pontevedra é boa vila

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

A TORRE VIXÍA

11 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

MÁS DE UNA VEZ he criticado el discurso de los alcaldes que sólo saben expresarse en términos positivistas (hacer cosas es bueno y no hacerlas es malo), hasta caer en una disyuntiva simplona que sólo distingue una forma de hacer el bien y otra de hacer el mal. Pero la democracia no vive sólo de ese pluralismo ideológico que la caída del muro de Berlín dejó tan maltrecho, ni de asépticos juicios de gestión como los que hace Paco Vázquez sobre el gobierno de Fraga, sino que precisa de un pluralismo axiológico que nos permita distinguir entre distintas políticas buenas y distintas políticas malas, para escoger la que mejor cuadra a nuestra forma de vivir, a nuestra escala de valores y al orden de prioridades que se considera más justo o más eficaz. Aquellos alcaldes de hace treinta años, que ocuparon sus días en talar árboles, suprimir bulevares y sembrar semáforos, también pasaron por ser grandes gestores, aunque hoy sabemos que su empeño en dar respuestas inmediatas a problemas acuciantes, sin la previa elaboración de un modelo sostenible de ciudad, supuso un atraso y un despilfarro que todavía estamos pagando. Por eso, en contra de esa forma de hacer las cosas, me produce un gran placer pasear la Pontevedra de hoy. Porque, sobre la tradicional belleza y humanidad de la ciudad del Lérez, y sobre el cariz lúdico que le imprimen las fiestas de la Peregrina, exhibe una concepción del espacio urbano que, puesto al servicio de los pontevedreses, rectifica la colosal desfeita que sufrió la ciudad desde la década de los sesenta. La reforma, obviamente, es discutible. Pero es evidente que, frente a otras ciudades que han optado por la obra megalómana o el remexer sin sentido, la nueva Pontevedra se fundamenta en un modelo de vida urbana que penetra toda la ciudad, dejando muy claro que no todas las políticas son iguales. Si en términos cuantitativos esta corporación contó con menos ayuda que sus predecesoras, creo que el resultado las supera a todas en producción de bienestar y transformación sustantiva. Y no deja de ser curioso que, después de la profunda remodelación de todas sus calles y plazas, tengamos la sensación de encontrarnos en la «boa vila» de antaño, que no perdió la medida de sus vecinos hasta que los coches y la especulación le ganaron la partida. Por eso estoy seguro de que en Pontevedra nadie tendrá dudas de que la política vale para algo. Los que están de acuerdo, porque han logrado su sueño. Y los que no lo están, porque ahora ya saben que las políticas pueden dar alternativas y obligarnos a escoger, premiando la participación y castigando la apatía. Y eso es, con muy pocas variantes, la buena democracia.