¿QUÉ SE PUEDE hacer a las siete de la mañana en un área de diversión? ¿Cómo regresan a casa los que salen cada noche a divertirse? ¿En qué condiciones de seguridad pueden trabajar los que sólo durmieron dos horas y suben después al andamio? Por más vueltas que le dé, no va a encontrar respuesta positiva a ninguna de estas preguntas, ni creo que se le ocurra reaccionar de forma distinta a como lo hacemos todos los padres durante el verano y los fines de semana: pedir que el ángel de la guarda haga nuestro trabajo y el del Estado que nos cobra los impuestos, y que nos devuelva enteros a los hijos, aunque lleguen paliduchos, ojerosos y convertidos en piltrafas. Luego, al verlos en casa, nos pasamos el día dándoles comida reconstituyente, caminando de puntillas para que no despierten y aguantando sus malos humores cuando se levantan, para acabar cenando lo que quieren y cuando quieren a cambio de unos minutos de compañía, antes de que la fiebre de la noche se los lleve otra vez hacia ningures. ¡Una barbaridad! Un disparate irresponsable, que no pierde gravedad por ser una costumbre inveterada y generalizada, fuera del control individual. Y por eso deberíamos darle con los papeles en las narices a todos los inventores de leyes contra el botellón, a los que hacen controles de alcoholemia hasta las dos de la mañana y luego se retiran a sus cuarteles, y a los que tratan esta tragedia colectiva con los empresarios de la noche en vez de hacerlo con los padres e hijos atrapados en el círculo vicioso de una estupidez sin sentido. Porque no hay crueldad ni inoperancia más grande que la de un Estado que trata de frenar con una mano al pastillero, al botellón y a los conductores ebrios, para alimentar con la otra las noches absurdas, sin horarios ni normas, en las que no hay más alternativa que ponerse ciegos y regresar a casa como zombies. ¿Es que no podemos divertirnos de otra manera y a otras horas? ¿Es que no se pueden evitar esas bolsas de movida cutre, que interrumpen el descanso y convierten la calle en un antro cochambroso? ¿Es que no se pueden hacer los controles de alcoholemia a las seis de la madrugada, cuando regresan como cubas, en vez de hacerlos a las dos, cuando van como rosas?. Claro que ya sé lo que me van a decir: que España es así, y que los ciudadanos de un país libre hacen lo que les da la gana. Pero no es verdad. Si usted abre su tienda de libros, o pone la Quinta de Beethoven en su casa, a las dos de la madrugada, no pasarán más de cinco minutos hasta que se presente la policía a deshacer el entuerto. Porque todo es más fácil contra la gente de orden, mientras la guerra de verdad se va por otros derroteros.