EL LADRÓN de guante blanco tiene las manos tan manchadas como el yonqui que da el palo para meterse la dosis. Los dos roban. Los dos alteran la vida de unos tipos que pasaban por allí, que habían depositado su dinero en un banco o en un bolsillo y que no se esperaban lo peor. Mario Conde vuelve a la cárcel. El Supremo ha dicho que diez años no son nada y le ha subido la condena a veinte veranos. Otra vez, el pájaro a la jaula. Mario Conde es un símbolo, el símbolo del ladrón de traje de Armani, pies hundidos en la moqueta, pelo sujeto por la gomina y chófer en la puerta. Simboliza, además, al tipo que empezó desde poco y llegó a todo. Conde gustó mucho en España. Era un modelo para los jóvenes tiburones. Los chicos se ponían sus camisas a rayas (una metáfora del traje carcelario que después le caería encima) y su pelo aplastado. Toneladas de gomina vendió este hombre. Después, cuando supimos que era un elemento, nadie quería ser como él. Los pijos de temporada alta desaparecieron del mapa. Ahora hay muchos más encausados por hacer juegos malabares con el dinero de los demás. Lo que menos se lleva es el hombre cabal que trabaja toda la vida. Pena.