ALGUNAS EMPRESAS de comunicación tratan las nuevas del País Vasco con tanto apasionamiento que la información semeja propaganda. Como en la del cura de Maruri que solicitó escolta. El hecho no es irrelevante: nunca antes un clérigo había manifestado temer por su seguridad. Se sostenía por conjetura que quienes usan defender su proyecto político a mazazos no tenían en su mira a los ensotanados, estamento inseparable de la urdimbre de la identidad vasca. El tiempo dirá si fue una reacción individual mal medida, punta de una rebeldía cívica o aprovechamiento de un conflicto local para incitarla ante la escalada de intimidación de los disidentes del pensamiento oficial. Denunciar los ataques a los derechos individuales es servicio a la convivencia, salvo que no se respeten los de terceros y la objetividad. Al dar por cierto, el sindicato oracular, un desentendimiento jerárquico de la suerte del párroco no nacionalista se introdujo una inculpación gravísima: los pastores protegen al lobo de las ovejas. Nadie se preguntó si el titular de la diócesis había sido consultado de la guardaespaldía, y el que la noticia saltara durante su viaje a Toronto se tuvo por fortuito. Se diría que ciertos círculos han decidido una campaña de desprestigio sistemático de monseñor Blázquez, por el delito de haber renunciado, indignidad en un castellano de nación, a convertir a su presbiterio en constitucionalista. Es lícito discutirle al obispo de Bilbao sus actuaciones, pero cae en la perversidad negarle fuelle moral: un pusilánime no aceptaría un destino tan divertido. Por lo demás, su línea pastoral de evitar la división del clero es un servicio a la sociedad. No son los obispos vascos sino los Gobiernos de Vitoria y Madrid los que, con su empecinada incomunicación, agravan las dificultades. La prensa debería recordarles que dos no riñen si uno no quiere.