26 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Polonia quiere ser el mejor aliado de EE.UU., después de Gran Bretaña. Así se lo ha dicho a Bush el presidente polaco, Alexander Kwasniewski, en su visita a Washington. Esta predisposición incondicional es la piedra angular de la nueva política exterior de Varsovia, que apoya sin reservas la ampliación de la OTAN y la lucha antiterrorista liderada por EE.UU., y se ofrece para acudir a cada batalla y asumir los riesgos que le corresponda para fortalecer la civilización occidental. Los mandos estadounidenses han dejado ver la satisfacción que esto les produce, sobre todo en un momento en el que los demás países europeos (excepto Gran Bretaña) se muestran cada vez más críticos con «el creciente unilateralismo norteamericano». Si hay algo que saque de sus casillas a un abnegado dirigente americano son estas continuas disidencias europeas, que creen herencia de una intelectualidad ya caduca, llena de matices trasnochados y de diferencias irrelevantes. Polonia ha acertado a representar el deseo americano. Y nos ha desvelado, de paso, que Estados Unidos nos amaría mucho más a todos si nos hiciésemos los polacos, sin extrañas reticencias o sutiles discrepancias cada vez que hacen algo. Avisados estamos.