Escucho en un programa radiofónico a un personaje singular, un hombre de 76 años, que ha cursado más de una decena de carreras universitarias y se acaba de matricular en otra más. Sin duda todo un ejemplo no sólo para estudiantes sino también para sus padres, que no conciben el aprendizaje sino como la llave que da acceso al mercado laboral. El saber en su dimensión útil, que no parece sea la más placentera para el espíritu. El veterano estudioso -quizá le encaje mejor el calificativo que el de estudiante- comenta en un momento dado, citando a un clásico de la literatura española, que la falta de cultura se cura viajando. Sobre la marcha se da cuenta de que entre los progresos del español en los últimos años figura el de haberse convertido en viajero impenitente, y entonces lanza sus dardos con otra orientación. Dice que nuestros compatriotas viajan las más de las veces para mirar, pero sin ver. Y que no conocen a los grandes compositores, pero sí los puestos de fruta fresca y los restaurantes de carretera. Julio Camba Un personaje con todas las trazas de ser hombre cultivado, y por su edad cabe suponer que experimentado, parece expulsar, sin más, del mundo de la cultura, los placeres de la mesa. Nuestro buen Julio Camba, sin ir más lejos, escuchándole, quizá hubiera clamado para que al buen hombre, al meritorio septuagenario, le retiraran algunos de sus diplomas universitarios, él, que apreciaba la gastronomía y sabía rendirle culto. Hace unos días, también ante los micrófonos de una emisora gallega que ponía en antena un programa gastronómico, sorprendí a los oyentes con la boutade de que «en España se come y se bebe mejor que se piensa», aforismo cojo, sin duda, necesitado del complemento, porque también en España se come y se bebe más que se piensa. De lo que no cabe deducir que el pensamiento y el culto a la buena comida y al buen vino resulten incompatibles. Lo que sí tenemos es que ser realistas y concluir que en los últimos años España ha progresado más en la gastronomía que en el pensamiento, lo cual es una bendición en el primer caso y una desgracia en el segundo.