MARIANO RAJOY, EN LA ESCALERA

OPINIÓN

10 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Es tal la complicación del cambio de Gobierno pergeñado por Aznar, que la tarde-noche de anteayer cada medio lo daba a su manera. Tanto, que el número de ministros que cesaban, y el de entrantes, y los puestos de cada uno de los mismos, dependieron durante la primera hora de la crisis de que uno escuchase Antena 3, o la Primera, o Radio Voz, o la gallega. ¡Qué follón, madre mía, qué follón! El miércoles llegaron, claro, los periódicos, y dieron luz. Y con ella, me disculparán la paradoja, llegó la más absoluta oscuridad. Pues, ¿cómo interpretar entradas y salidas, ascensos y descensos, cruces, acumulaciones y descartes? Muy sencillo: no es posible interpretar en conjunto todos esos movimientos, al fin y al cabo decididos por un hombre como otro cualquiera (y su libreta). No es posible salvo, obviamente, que se recurra a la siempre socorrida propaganda. La del PP pasa por decir que con el nuevo Ejecutivo pretende mirarse hacia el futuro, lo que, de aceptarse tal pijada, sería tanto como reconocer que el anterior miraba hacia el pasado. Pero, ya puestos estupendos, ¿por qué miran más hacia el futuro Javier Arenas y Ana de Palacio que Pío Cabanillas y Ana Virulés? Pues vaya usted a saber, querido amigo. La interpretación del Partido Socialista para tratar de meter todos los cambios en un saco resulta igual de pintoresca: lo importante, afirmó la noche de autos Zapatero, son las políticas y no quienes las dirigen. Lo que, de ser cierto, no permite explicar la insistencia del PSOE en solicitar el cese de tal o cual ministro. Renunciemos, por tanto, a dar las claves de un cambio cuya clave más probable es que no tiene una única clave explicativa, y fijémonos una tarea más modesta: ¿cómo hay que interpretar el cambio de cartera de Rajoy? A bote pronto la cosa parece no ofrecer ninguna duda: Rajoy, que muda ¡por cuarta vez! de ministerio, sale reforzado, pues mantiene la vicepresidencia que ostentaba, y además de colocar en el Gobierno a una persona de su absoluta confianza, Ana Pastor, acumula Presidencia y la portavocía del Gobierno. Se convierte en un superministro 2002, que parece estar en la pole position para suceder al presidente. Pero, ¡ay¡, Rajoy deja Interior. E Interior, que es un Ministerio duro y peligroso (también en el sentido literal de la palabra) tiene una gran cosa, sin embargo, a su favor. Que, por desgracia, en las actuales circunstancias, ser ministro del Interior es ocupar un cargo cuyo responsable cuenta siempre con un grado de apoyo adicional derivado del alto consenso que preside la lucha contra ETA: apoyo de la oposición y de la opinión pública española. Por eso no es seguro que Rajoy haya ascendido. Y por eso podría decirse de él esa tontería que los que no saben nada de Galicia suelen decir de los gallegos: que no se sabe si sube o baja la escalera. Por esta vez, y hasta nuevo aviso, parece que es verdad.