El debate que desgarra a nuestros amigos y vecinos de Portugal en estos momentos es el de la televisión pública. El nuevo Gobierno de derecha de José Manuel Durão Barroso pretende reducir el servicio público de televisión -constituido actualmente por dos canales: RTP1 y RTP2- y también, aunque no lo confiesa, privatizar el canal que el Estado se dispone a abandonar (probablemente RTP2). Los argumentos de las autoridades son conocidos: el Estado no tiene vocación a producir programas de televisión, actividad que debe depender de la empresa privada; además, este servicio público cuesta demasiado caro al contribuyente y su audiencia es exageradamente baja. A este análisis se oponen la izquierda (ahora en la oposición, aunque el presidente Sampaio sea socialista), una parte de la opinión pública y, claro está, las organizaciones sindicales. Éstas me invitaron la semana pasada a dar una conferencia en Lisboa sobre Estado y servicio público de televisión , seguida de un gran debate sobre este polémico asunto. Quisiera resumir aquí los argumentos principales de esa apasionante discusión llevada a cabo en el aula magna de una de las universidades lisboetas. Lo primero que recordé es que ese debate existe en este momento en varios países europeos, aunque quizá sin tanta intensidad. Por ejemplo, en Francia, donde corren rumores de que el Gobierno de Raffarin privatice uno de los tres canales del Estado (France 2, France 3 y France 5), y donde el nuevo Ministro de la Cultura acaba de nombrar una comisión presidida por una célebre intelectual -Catherine Clément- para que responda a una pregunta no sencilla: ¿Qué es un servicio público de televisión? Idéntica polémica existe en Bélgica, en Italia, en Dinamarca y en Rusia. A la base de este debate, en estos países, esta la posición -puramente ideológica- de gobiernos ultraliberales, que defienden un proyecto de reducción de los servicios públicos en todos los sectores, tanto en la economía como en la educación o la salud y, evidentemente, en la comunicación. Parten del principio -puramente dogmático- de que cualquier empresa privada es más eficaz, más competente y más competitiva que una empresa pública. En la práctica eso no siempre es cierto, pues todos sabemos que en Gran Bretaña la privatización de los ferrocarriles no ha mejorado para nada el servicio, y hasta lo ha empeorado de manera trágica, pues desde entonces el número de accidentes de ferrocarril no cesa de aumentar con las consiguientes víctimas mortales. En cambio, por ejemplo, en Francia, donde los trenes están en manos del Estado, su eficacia, su seguridad y su puntualidad son legendarios y elogiados por todos los observadores. Tratándose de la televisión, está también la responsabilidad del Estado en materia de educación popular. Todos sabemos que, en el mundo de hoy, la educación de una sociedad moderna se realiza mediante dos instrumentos: la enseñanza y la televisión. Los niños actuales pasan más tiempo ante el televisor que delante de sus maestros. Por consiguiente el Estado puede dificilmente desinteresarse por uno de los medios más influyentes en materia de formación del saber, del conocimiento y de la cultura. Sobre todo sabiendo que la enseñanza ya está ampliamente privatizada. ¿Puede un Estado moderno y democrático despreocuparse totalmente de la educación de las nuevas generaciones? ¿No es ésta una de sus principales responsabilidades? Evidentemente, en Portugal (como en España), nadie olvida que, durante decenios, el Estado no-democratico abusó de su control sobre la televisión para querer controlar las mentes de los ciudadanos. Nadie desea regresar a esa situación, a la propaganda y al lavado de cerebro. Pero muchos temen que, transferido al sector privado, la empresa se encargue esta vez de instrumentalizar a la televisión y transformarla en un aparato de manipulación en favor de las tesis neoliberales, del mercado y de la globalización. ¿Qué hacer entonces? El país más ultraliberal de Europa nos indica la vía. En efecto, en el Reino Unido existen canales privados por decenas, y de todo tipo, pero también los británicos poseen el mejor servicio público de televisión de Europa, con canales como BBC-1 o BBC World, que son admirados en el mundo entero por la calidad de sus programas, por su objetividad y por su elevado nivel cultural. ¿Piensa el muy liberal Tony Blair privatizar algunos de estos canales? La respuesta, como saben, no sólo es negativa, sino que el Gobierno británico acaba de anunciar que tiene la intención de crear un nuevo canal público, BBC-3. Ya que Inglaterra ha sido, por mucho tiempo, el país con mayor influencia en Portugal, que Durão Barroso prosiga esa tradición y se inspire, sobre este tema fundamental de la televisión, en sus amigos ingleses.