05 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

A todos los funcionarios nos pasa lo mismo: empezamos a comer a las tres y media, nos vamos al salón cuando el hombre del tiempo anuncia lluvias en Galicia, y, en el justo momento de remexer el café, empieza, o empezaba hasta ayer, La verdad de Laura . Desgracias por aquí, traiciones por allá, parejas entremezcladas, pelotazos a lo Filesa, sacerdotes tipo Opus y un mundo de intrigas que cualquier aficionado puede complicar a su gusto. Por eso somos adictos a la telenovela de la tarde, aunque la compartamos con largas cabezadas, algún zaping para ver a Ana Kiro, una llamada telefónica de esas que empiezan «perdona que te moleste a estas horas», y un hijo que viene a preguntarnos si tenemos 20 euros. En mi caso debo añadir, además, que siempre tengo que salir diez minutos antes del final, sin que eso me impida el seguimiento de un argumento que, por estar hábilmente inserto en la realidad, me permite sustituir el telediario por la telenovela, manteniendo el mismo nivel de información y disfrutando de un lenguaje audiovisual más molón y desenvuelto. Pero ayer fue distinto. Llegué a casa media hora antes, descolgué el teléfono, tomé el café mientras la mujer del tiempo predecía lluvias y más lluvias, y me puse a ver el último episodio de La verdad de Laura más despierto que un niño malo. Al final cuadraba todo como las cuentas de Gescartera, y todos los niños, novias, queridas, abuelas y parejas de hecho y de derecho encontraron su verdadero sitio, más allá de la opción sexual que las unía. Pero mi interés era otro. Porque había recibido un chivatazo en el que me decían que La verdad de Laura iba a terminar dando la campanada con este toque de rabiosa actualidad: durante el picnic con el que Javier celebraba el nacimiento de su hija Beatriz, entra Garzón en la mansión de los Luarca y, después de revelar que los malvados Álvaro, Martina, Teresa y Álex componían una célula batasuna, embarga sus acciones y se hace con el control de los laboratorios creados por Francisco. Luego se dirige al padre Miguel y le comunica que, detenidos los obispos vascos, acababa de firmar un auto nombrándole obispo de Bilbao. En medio del natural desconcierto, el reputado juez aprovecha todas las cámaras para anunciar que el movimiento Batasuno está desarticulado, ETA embargada y el País Vasco arreglado, y que le ha llegado el momento de recalar en el Tribunal Penal Internacional y arreglar el resto del mundo. Y es ahí cuando aparece Paulina, que no tenía pareja, y anuncia con tono meloso que deja la dirección del restaurante para ejercer de fiscal en La Haya. Sólo entonces reaparece la protagonista y, recordando su estancia en Galicia, encara al juez y le espeta: «non seas trapalleiro e deixa a miña nai tranquila». Y así, con la verdad de Laura al descubierto, llegaba el esperado The End. ¿Y por qué no lo hicieron así? Porque apareció la censura y lo impidió. ¡Como siempre!