Algunos pensábamos que a esa estatua fría, fea y extemporánea se le había escurrido el significado por la peana. Estábamos equivocados: cuando le llegó la hora, a casi nadie dejó indiferente. El fervor por el monumento ecuestre de Franco nunca afloró demasiado en Ferrol. Tampoco los ferrolanos mostraron jamás rechazo visceral; bastaba, quizás, con el desprecio que supone haberlo bautizado simplemente como el caballo. Cuentan que ni al propio general le entusiamó la mole de bronce que se le dedicó. Pero ahora que toca retirada, unos (pocos, ciertamente) se echaron a la calle para pedir respecto a la memoria histórica del jinete. Otros (parece que los más) no han podido dejar de festejar la íntima satisfacción de vivir el día en que el dictador abandona el lugar preeminente que ocupaba desde hacía casi medio siglo. El traslado de la estatua de Franco, que tuvo que esperar 27 años desde su muerte, no debe convertirse en un intento de enterrar la historia. Ni siquiera en una venganza. Sería una estupidez. El viaje hasta su nuevo emplazamiento ha de servir para constatar que las heridas por las que tanto sangramos están cerradas. Y, de paso, para dar el impulso de modernización urbanística que la entrada a la ciudad reclamaba a gritos. De lo contrario, habrá motivos para reprochar el traslado.