«Nunca tan pocos hicieron tanto por tantos». Si no estoy equivocado -y puedo estarlo, pues cito de memoria- esa frase sirvió en su día para describir el inmenso sacrificio realizado por los pilotos aliados, que defendieron el cielo británico de los ataques aéreos alemanes durante las semanas que duró la Batalla de Inglaterra. Pues bien, salvadas, claro, todas las distancias, algo similar podría decirse de los líderes de los países de la Unión que han venido dirigiendo la construcción de la Europa del siglo XXI: que nunca tan pocos hicieron tanto por tantos... sin que la inmensa mayoría se enterase ni de la misa la mitad. Sí, sí, no crean que exagero. ¿O es que la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos no obervan la marcha de la Unión -medio aburridos, medio escépticos- con cara de estar sintiendo en su interior algo así como «a mi plín, yo vivo en pikolín»? De hecho, y por sorprendente que parezca, esa es una de las características más sobresalientes de un proceso que ha sido diseñado y ejecutado en cada coyuntura por los gobernantes del momento sin contar con el interés -no digamos ya con el apoyo decidido o el entusiasmo- de sus respectivas sociedades. Y es que Europa se ha construido, y sigue construyéndose, de espaldas a sus ciudadanos, lo que marca a la Unión un límite objetivo que, antes o después, acabará por ganar el primer plano y por ser infranqueable, de no cambiar radicalmente las condiciones de partida. No conviene, por tanto, engañarse a ese respecto: que tal abismo exista hoy y haya existido desde que nació la CEE, no significa que el abismo pueda seguir creciendo más y más, a medida que la integración se consolida y los europeos se sienten cada vez menos implicados en la misma. En democracia -y el proceso europeo es el de construcción de una Europa democrática- hay siempre una distancia gobernantes-gobernados: lo que no significa que esa distancia pueda ser cualquier distancia. ¿Cuántos españoles podrían hoy citar, si fueran encuestados sobre el tema, los grandes problemas que han constituido la agenda de los seis meses de la Presidencia española de la Unión? ¿Cuántos podrían resumir las conclusiones fundamentales de la cumbre de Sevilla, clausurada el sábado pasado? Y, sin embargo, esos problemas y esas conclusiones han afectado a asuntos de tanta trascendencia para todos como las políticas de asilo e inmigración, la reforma del Consejo de Ministros europeo, la lucha contra el terrorismo o la ampliación comunitaria. ¡Casi ná! De no enfrentarse con él urgentemente, ese desinterés, hasta ahora galopante, podría ser para la marcha de la Unión un obstáculo de tanta envergadura como los problemas económicos. Pues como en ese desternillante anuncio de una conocida marca de colchones, también aquí en cuanto se nos pide que re(flex)ionemos sobre Europa, nos entra a casi todos un sopor incontenible.