«Estoy entre la espalda y la pared», «no es para rascarse las vestiduras», «la playa está apestada de veraneantes»... Expresiones como estas, que siempre acaban por salir a relucir en cualquier tertulia donde se cuenten chistes, ya han llegado incluso al mundo de la publicidad. Para aumentar el efecto cómico, los mejores conocedores de la materia suelen atribuir las citas a algún personaje conocido, al que reconstruyen la imagen pública a costa de disparates ajenos. Estas deformaciones y usos incorrectos de expresiones son malapropismos. La palabra tiene su origen en The rivals (1775), una obra del dramaturgo irlandés Richard Brinsley Sheridan. Mister Malaprop, un personaje que confundía palabras, aparece tras el término inglés malapropism , adaptado al español como malapropismo : ¿Mal uso involuntario de una palabra por confusión con otra fonéticamente parecida, especialmente cuando el efecto es ridículo¿. Esta voz, que el Diccionario de la Academia Española no registra, ya fue definida en 1953 por Lázaro Carreter en el Diccionario de términos filológicos . Allí se habla de «deformación y mal uso de palabras extranjeras» (Cada Napoleón tiene su ¿waterpolo¿) , pero se está aplicando también cuando el error se comete con voces españolas. En este caso, los usos impropios afectan principalmente a palabras que se suelen calificar de cultas. Lo mejor para evitar estos despropósitos es renunciar a usar términos cuyo significado se ignora, como el conductor que está bajo la afluencia del alcohol evita usar el coche incluso ante un apuro como el inminente parto que anuncian las primeras contradicciones que sufre su esposa.