La única previsión que se cumplió en la Cumbre Europea de Sevilla fue el calor. Cuarenta grados a la sombra que recocieron un encuentro que, a pesar de los esfuerzos hechos por Pío Cabanillas para maquillar sus magras conclusiones, podría servir de ejemplo de cómo no se debe construir una Europa con futuro. Primero cayó -a manos de Francia y Suecia- la política común de inmigración, que Aznar, Blair y Berlusconi querían reducir a una simple cuestión de orden público y rentabilidad económica. Después apareció Schröder, en mangas de camisa, y veló la foto de la ampliación hacia el Este. Porque, vista desde Alemania, esa ampliación es algo más que un destello en la imagen del presidente de turno, y no parece adecuado que una simple coincidencia de calendario convierta en líder de la UE a quien lleva seis años remando contra corriente. Después le pararon los pies en la reforma del sistema de decisión del Consejo Europeo, que Aznar y Prodi quisieron capitalizar mediante un astuto adelanto de un debate inconcluso, hasta que Chirac le aguó la fiesta con el simple recuerdo de que a la UE le sobran genios mundiales, y que cada cosita debe hacerse en su tiempo, forma y lugar. Y por último le pararon el discurso de la Defensa Común, que Aznar quería dedicarle a su admirado George Bush. Pero Irlanda se salió con la suya, y consiguió evitar, quizá sin proponérselo, que la defensa y la política antiterrorista se conviertan en la nueva seña de identidad de Europa. En un segundo plano de actuaciones, el mismo Aznar que quiso apropiarse el éxito del euro llegó a Sevilla con una inflación descontrolada. Los grupos antiglobalización volvieron a mostrar el creciente divorcio entre la sociedad europea y sus dirigentes, cuyas reuniones coinciden con la aparición de alambradas y desmesurados despliegues policiales. También ETA demostró que la política antiterrorista exige algo más que precipitadas reformas legales y grandilocuentes declaraciones de condena. Y hasta la selección de Camacho se apuntó al grupo de los que arrojaban jarros de agua fría sobre la euforia presidencial, para dejar claro que en España no se atan los perros con longanizas, ni se confunde el autobombo del Gobierno con la realidad de la calle. Nadie le pide a Aznar que, en sólo seis meses, arregle todos los problemas de Europa y España y deje hechos todos los discursos del futuro. Pero sí le pedimos, en cambio, que no nos meta a diario en camisas de once varas, y que no se apunte siempre al discurso más rancio, más plano y más estéril de cuantos circulan por los pasillos de Bruselas. Porque en el terreno que el presidente escogió para coronarse, es muy lícito alegrarse de sus fracasos.