Hay en España mucha gente convencida de que Arzallus no habla en serio cuando dice lo que dice: por ejemplo, que Euskadi debe ser independiente. Por el contrario, mi confianza en que Arzallus dice lo que piensa y está dispuesto a hacer todo lo que dice es hoy inconmovible. Más aún: por raro que pueda parecerles a los que ven en sus proclamas los delirios de un orate, soy de los que creen que ése es el mejor modo de que acabemos, de pronto, dándonos de bruces con un conflicto inmanejable: el de la secesión del País Vasco. Pues si hay, de hecho, algo cada vez más difícil de entender, es que sigamos actuando como si la cuestión de la independencia no existiera, cuando un día sí y otro también el PNV demuestra que ése es su horizonte. Tanto, que el propio Arzallus le ponía plazo hace tres días al Independence day que ha de alumbrar el nuevo Estado: «En tres o cuatro legislaturas -decía el del gran visir del PNV- esto tiene que estar ya conseguido o encaminado». Y «esto», señores y señoras, no es la competencia en materia de seguros. No: «esto» es la secesión del País Vasco. Aclaraba Arzallus de inmediato que tal proceso debería realizarse «sin tiros, sin violencia»; y confirmaba la sinceridad de esa condición, pocas horas después de haberla formulado, recorriendo las calles de Bilbao en la misma manifestación en la que, entre otros pacifistas, marchaban también Josu Ternera, que, como sabe todo el mundo, no ha tenido relación alguna con los tiros; y Arnaldo Otegi que, según es público y notorio, nada tiene que ver con la violencia. ¡Y así no puede ser! Admitir, sin plantar cara, esa forma ventajista de jugar al escondite, acabará por hundirnos cada vez más en una situación de hechos consumados que sólo beneficiará a los que vienen apostando por el «cuanto peor, mejor», para, en medio del follón, intentar ganar la partida por la mano. Arzallus y el sector del PNV que lo apoya defienden con toda claridad la independencia, por más que la misma pueda abrir una brecha civil de incalculables consecuencias en Euskadi. Están en su derecho. Pero, aceptado que tal proceso sólo podrá darse sin violencia, el PNV ha de aclarar un extremo esencial de su propuesta: el de cuánto tiempo debería transcurrir entre el final del terrorismo y el inicio del proceso que habría de permitir a los vascos decidir sobre sus relaciones con España. ¿Tanto, por ejemplo, como lleva constriñendo el terrorismo sus libertades y derechos? ¿Por qué no habla nunca el nacionalismo de este asunto? Pues porque si, pese a treinta años de terror, los independentistas son hoy en Euskadi una clara minoría, no es difícil suponer cuántos serían tras unos cuantos años sin asesinatos, secuestros y extorsión. Y ése, ¡ay!, es el dilema infernal del PNV: que sabe que sin violencia quizá no se alcanzará jamás la independencia. Y que con ella nunca podrá alcanzarse de un modo democrático.