Ahora toca huelga y no hay más que hablar. Prietas las filas, ¡¡todos a la huerga !! ¡¡A la huerga !!, como antes pregonaban ¡ ar furbo ! los de las camionetas. Los piquetes informativos preparan sus emotivos recursos de persuasión para convencer a compañeros y parroquianos de que hay que cerrar y secundar la general porque el Gobierno y su política amenazan las libertades de los trabajadores y las conquistas alcanzadas en años de lucha y barricadas. Todos a cerrar. ¿Pero qué se cree Aznar, que después de ocho años gobernando se puede ir de rositas sin que le montemos un sarao, cuando a Felipe, nuestro Felipe, le hicimos tres? En la primera, tenebrosa, la gente no se atrevió ni a salir a la calle porque creía que habíamos vuelto al 36. Gran éxito sindical: la siguió el cien por ciento de la población. La segunda, sin tanto miedo y asentadas las libertades, funcionó como está mandado y la tercera fue un fracaso que se vio por televisión, en directo, con testigos y notario. Esta huelga general política con excusas laborales será de polígonos y servicios públicos esenciales, más que de ciudad. Más obrera que ciudadana, y la televisión y el orden público, claves. ¿Intentarán llevar a negro la señal de TVE1? Para González Ferrari ya ha empezado el calvario. Entre los antiglobalización, los sindicatos y la cumbre de Sevilla, Mariano Rajoy no va a dar abasto. Se le acumulará el trabajo y no quedará un policía franco de servicio. Ahora sí que le vendría bien al ministro gallego un cuerpo europeo para acarrear efectivos de otros países. ¿No es una cumbre europea? Pues que el orden público lo refuerce Bruselas, puede decir Rajoy. Y no le falta razón. ¿Y por qué este pulso? Cándido Méndez lleva meses anhelando un paro general y queriendo tributar al nuevo PSOE. José María Fidalgo acalla así su oposición interna, aunque en el fondo le duela. ¿Y Aznar? Aznar quizás quiere terminar su mandato diciendo que España ya no es de izquierdas y que los sindicatos, como afirmó la Thatcher, han desaparecido.