Es tentación frecuente que desde el poder se intente con insistencia obsesiva poner puertas al campo, o lo que es lo mismo, limitar con vallas legislativas, con leyes represivas, aquellas actitudes de los ciudadanos para ejercer el derecho básico de la libertad. A veces la memoria colectiva, la memoria de un país, es de una fragilidad quebradiza, y las amnesias provocan que el olvido borre o desfigure nuestras señas de identidad, nuestras huellas de pueblo emigrante, de trastierros y diásporas hasta convertirnos a la xenofobia más indisimulada. Cuando llenábamos las panzas de los vapores y paquebotes que navegaban hacia América, transportando el mismo perfil humano que las pateras del Estrecho, cuando huíamos del hambre y la miseria de igual manera que ahora lo hacen millares de africanos, magrebíes o ciudadanos del Este europeo, soñábamos un paraíso que nacía donde terminaba nuestro país y comenzaban nuestras ilusiones. Los españoles, con nuestro sudor y en muchos casos entregando nuestras vidas, contribuimos a hacer grandes y prósperas naciones como Cuba o Argentina, crecimos juntos en los desarrollos económicos y personales. Nosotros, los españoles del plan de estabilización y de los planes de desarrollo franquistas, colaboramos de manera decisiva a la consolidación del llamado milagro alemán, o en el impulso económico de la Confederación Suiza en los años 60. Dos millones de españoles fuimos a trabajar a Europa en los oficios más bajos del escalafón laboral. Éramos, junto con los italianos y yugoslavos, los más pobres de Europa, los últimos de una lista hipotética que reclamaba las reservas laborales en el empobrecido sur. Pero ahora que aparentemente hemos dejado de ser menesterosos, nos asustan los inmigrantes que vienen a sacarnos las castañas del fuego. En las conversaciones de barra de bar se escuchan con reiterada y machacona frecuencia comentarios despectivos del más incivilizado de los racismos, desde el poder se confunde a los inmigrantes con delincuentes en una estrategia calculada. Europa, la Europa que nació con el euro, las naciones del bienestar, tienen miedo a la nueva invasión de los bárbaros del sur, a las legiones de la miseria que vienen a compartir los despojos de la opulencia de Occidente. España se une al coro de leyes represivas, de extranjerías insospechadas, hasta para aquellos inmigrantes, en muchos casos herederos directos de nuestros emigrantes, que hablan en español y que siempre creyeron ingenuos en el mito de la madre patria. Tienen el idioma como único equipaje y desde Ecuador o Bolivia, desde Santo Domingo o Perú, están contribuyendo a vitaminar nuestra economía, a salvar las tasas de natalidad y a trabajar en los denostados oficios que nadie quiere, que ningún español desea, cuidando ancianos enfermos, trabajando en las durísimas campañas agrícolas, limpiando y sirviendo como empleados domésticos y sobre todo enriqueciéndonos con el rico mestizaje cultural que nos renueva como personas. Europa tiene miedo de sí misma y el pánico está resultando contagioso. No nos pueden servir como referencia las nuevas leyes de inmigración de Dinamarca, de Italia, de Austria o del Reino Unido que estipulan incluso vigilancias especiales con la Armada Inglesa como vanguardia. El Gobierno español debe ser generoso, debe recuperar nuestra memoria de pueblo y no caer, una vez más, en la fácil tentación de poner puertas al campo.