El término feísmo , que ha centrado un debate propiciado por La Voz de Galicia durante el último año, ha valido para entendernos. No es del todo preciso y tiene el inconveniente de reducir el problema a una simple cuestión estética, es decir, habla del efecto y no de la causa. Los recientes decretos de suspensión de la normativa urbanística en algunos municipios hacen una crítica directa al tipo de planeamiento y a sus consecuencias, con especial incidencia en el problema de movilidad derivado de la construcción desmesurada en los bordes de las carreteras. Como era de esperar, en ningún caso se imputa la responsabilidad a los municipios colindantes. En vista de que la suspensión de las normas afecta a varios ayuntamientos de toda Galicia, hay que superar la casuística para aventurarse a esbozar un par de consideraciones generales. La ciudad no se puede hacer deprisa. El planeamiento y su gestión necesitan un ritmo sostenido, ya que el beneficio inmobiliario rápido e ilimitado produce un deterioro territorial acelerado, cuya corrección a posteriori resulta muy costosa para las administraciones. Por ello, los planes generales no deberían seguir clasificando grandes piezas de suelo con licencia directa, que aprovechan la red viaria existente como calles evitando así los gastos de urbanización. Edificar y urbanizar forman un binomio indisoluble. Por otro lado, el crecimiento incontrolado de urbanizaciones dispersas, al margen de las infraestructuras generales, supone un obstáculo para la conectividad y la movilidad. En el diseño del plan general las infraestructuras y los equipamientos tienen que vincularse a las zonas de crecimiento. Cuando se opte por operaciones dispersas, el que las promueva tendrá que costear su conexión a la ciudad. No hay que olvidar la necesaria coordinación entre ayuntamientos metropolitanos, que tendría que darse mediante directrices territoriales, y mejor todavía si éstas fueran pocas, concisas y etapificadas, de forma que los programas de inversión pública en saneamiento, agua e infraestructuras marcasen una de las pautas de su desarrollo urbanístico. Claro que es necesaria una actualización legislativa, pero lo que importa en última instancia es un planeamiento de calidad, con más criterio que ideología, con más sentido común que imposición de modelos académicos, con más interés general que inmobiliario. Haciéndolo bien, las cuentas salen, tanto para hoy como para el mañana, para el crecimiento económico como para el equilibrio territorial.