MAL MOMENTO POLÍTICO

RAMÓN BALTAR

OPINIÓN

Desacertó el (h)azañero Aznar al fijarse dos mandatos para acabar su proyecto regeneracionista, mayormente que el primero hubo de gastarlo en dialogar con gentes que sólo quieren jorobar a España. Las prisas llevan a la irreflexión y al juego atropellado. El centrismo inicial ha dejado paso a unos contenidos que no lo son y a un estilo de gobierno que lo es menos. El esquema de trabajo es de una simplicidad y rudeza sobrecogedoras: en los asuntos de que no quiere responder solo o necesitan mayoría cualificada, el Gobierno prepara medidas y textos legales y llama a los demás a firmar sin leer; y si dudan, entonces ellos propios y sus voceros cubren a los hamletianos de insultos y los acusan de desleales. Para los populares no hay más poder que el suyo y que nadie sea osado de contrariarlo, ni siquiera los jueces. Toman por convicciones y legitimidad inflexibilidad y licencias varias. La gobernación buena pide atender a la realidad sin descuidar el modo y los modos: las formas no son ornamentales, sino garantía de la justeza del fondo. Las secuelas de la inobservancia de las reglas no escritas de la democracia están cantadas: el desprestigio de la política y del sistema, de mal agüero para los tiempos que se avecinan. Se recomienda crioterapia de grupo. De hasta donde llega el desprecio de los límites ilustra el último escándalo: el presidente de Gobierno de un Estado aconfesional, y de un partido de católicos, califica la opinión de unos obispos de «aberración moral» y se chiva al nuncio. Y los socialistas, torpes y cagones, se suman a la corrida episcopal con su correspondiente sarta de sandeces. El mundo al revés: los curas se meten a políticos y los políticos dan lecciones de moralidad. Un desengañado de la política apuntó, hace más de veinte siglos, una clave para entender a nuestros goberneros: «El poder se conserva con las mismas prácticas con que se adquirió» (Salustio, Catilina, 2.4). Muy ladinos y poco latinos.