Desacertó el (h)azañero Aznar al fijarse dos mandatos para acabar su proyecto regeneracionista, mayormente que el primero hubo de gastarlo en dialogar con gentes que sólo quieren jorobar a España. Las prisas llevan a la irreflexión y al juego atropellado. El centrismo inicial ha dejado paso a unos contenidos que no lo son y a un estilo de gobierno que lo es menos. El esquema de trabajo es de una simplicidad y rudeza sobrecogedoras: en los asuntos de que no quiere responder solo o necesitan mayoría cualificada, el Gobierno prepara medidas y textos legales y llama a los demás a firmar sin leer; y si dudan, entonces ellos propios y sus voceros cubren a los hamletianos de insultos y los acusan de desleales. Para los populares no hay más poder que el suyo y que nadie sea osado de contrariarlo, ni siquiera los jueces. Toman por convicciones y legitimidad inflexibilidad y licencias varias. La gobernación buena pide atender a la realidad sin descuidar el modo y los modos: las formas no son ornamentales, sino garantía de la justeza del fondo. Las secuelas de la inobservancia de las reglas no escritas de la democracia están cantadas: el desprestigio de la política y del sistema, de mal agüero para los tiempos que se avecinan. Se recomienda crioterapia de grupo. De hasta donde llega el desprecio de los límites ilustra el último escándalo: el presidente de Gobierno de un Estado aconfesional, y de un partido de católicos, califica la opinión de unos obispos de «aberración moral» y se chiva al nuncio. Y los socialistas, torpes y cagones, se suman a la corrida episcopal con su correspondiente sarta de sandeces. El mundo al revés: los curas se meten a políticos y los políticos dan lecciones de moralidad. Un desengañado de la política apuntó, hace más de veinte siglos, una clave para entender a nuestros goberneros: «El poder se conserva con las mismas prácticas con que se adquirió» (Salustio, Catilina, 2.4). Muy ladinos y poco latinos.