¡ESTOS CHICOS DE LA PRENSA!

OPINIÓN

El sábado pasado sentí auténtico sonrojo al leer la crónica enviada desde Bruselas por el corresponsal de este periódico. En ella se relataba el viaje recientemente realizado por una delegación de 25 diputados provinciales pontevedreses con la intención de conocer las instituciones europeas. La información que nos servía el periodista resultaba una intoxicación destinada a dejar quedar en mal lugar a los excelentísimos señores que, acompañados casi todos de sus excelentísimas esposas, parecían no haber hecho más que disfrutar de un viaje de placer pagado con cargo a fondos públicos. Vean, si no: que si los diputados y consortes se habían alojado en París, aunque fueran a visitar Bruselas y Estrasburgo; que si en París habían contratado un tour que incluía visitar el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos y la Casa de Galicia, pasear por el Sena en bateau mouche , cenar en el lujoso restaurante de la Torre Eiffel y acudir después a relajarse a un cabaret; que si los viajeros habían visitado también Brujas acompañados de un guía contratado a tal efecto; que si los diputados habían consumido tres horas nada más visitando la Eurocámara en Bruselas, y otras tantas visitando el Consejo de Europa en Estrasburgo. Bueno, ¿y que? ¡Cierto que los señores diputados han dedicado a conocer las instituciones europeas tan sólo seis horas de las aproximadamente ciento diez (cinco días, cuatro noches) que han estado de tournée! ¡Pero qué seis horas, señoras y señores! Porque, digámoslo con toda claridad, ¡el tiempo de los diputados no vale lo que el suyo, el mío, o el de su vecino del tercero! Los diputados realizan su labor con tal intensidad que no descansan ni siquiera cuando dan la sensación de estarse divirtiendo con el dinero de Juan Pueblo. No señor: la visita al Arco del Triunfo es un acto de homenaje democrático, como el paseo por los Campos Elíseos constituye una acelerada lección de antifeísmo y la visita a la Casa de Galicia una obligación de naturaleza patriótica. El viaje en bateau mouche resulta indispensable para comprobar el estado de las comunicaciones en la zona, y cenar opíparamente y visitar luego el Moulin Rouge es esencial, pues sólo así cabe informarse de la marcha de dos sectores decisivos en las relaciones franco-galaicas: el cultural y alimentario. ¿Y Brujas? Pues Brujas, pues... ¿cómo no han de visitar Brujas los diputados procedentes de un país en el que las meigas juegan papel tan fundamental? Sí, he de reconocerlo sin falsos disimulos: tras leer la crónica del corresponsal de este periódico en Bruselas experimenté una ira y una vergüenza incontenibles, pues tuve la sensación de ser tonto del bote. Por eso me he decidido finalmente a escribir esta columna: para trasladarles mi estupor por una tomadura de pelo tan monumental. Me refiero, claro, a la practicada por el irresponsable cronista de La Voz.