CAMBALACHE

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

El decretazo dejará sin subsidio a 200.000 empleados fijos discontinuos. Pero eso carece de importancia: Privaticemos, recortemos ayudas, suprimamos derechos, equilibremos nuestras cuentas y que se fastidien los obreros. ¿Huelga general? ¡Qué espanto! Aznar no entiende las críticas. «El que está contra mí, no respeta esa mayoría parlamentaria que me arropa». Lo que equivale a decir: «Soy el caudillo, soy Dios». Los estatutos, la Constitución, los resultados electorales se han convertido en manos del Gobierno en armas arrojadizas. En Euskadi no habrá nunca elecciones ni falta que hace. Gibraltar será española aunque los gibraltareños no quieran, ¿qué se creen? Los signos se multiplican: en la Gran Vía ondean las banderas españolas como hace veinte años. Eurovisión canta a una España hortera que muchos creímos desaparecida. Reina un patrioterismo barato que espeluzna. El delegado del Gobierno en la comunidad de Madrid enarbola cifras extrañas, sin vergüenza: «En torno al 70 o el 75% de los delincuentes en la comunidad de Madrid son extranjeros». Pero, al día siguiente, el Sindicato Unificado de Policía niega tal balance: «La cifra real es de 28,2% de extranjeros frente al 78% de españoles», dicen. Hasta la Policía es ahora más moderada que el Gobierno. Me dijo un amigo argentino el otro día: «Me estoy volviendo racista. Desde que me desvalijaron el estudio, los odio a todos. Antes los emigrantes no éramos así, no ansiábamos la riqueza de esa manera, no éramos ladrones del tres al cuarto». Mientras tanto, en los periódicos nacionales los bancos ofrecen créditos para el consumo. «Cumpla su sueño, cómprese un coche deportivo. No espere para ser feliz». Cuando el bus 54 llega a Sol, por la ventana contemplamos el espectáculo del día: varios raterillos apalean a un marroquí recién llegado. Rompen una botella y tratan de darle con el casco hecho trizas. Los moritos de quince años suelen tener la cara cruzada de parte a parte. El furgón de la Guardia Civil nunca llega, están deteniendo a los manteros de Callao, y una pelea entre chavales nunca importa. Un usuario del bus le dice al conductor enardecido: «Que lo maten, uno menos, que se maten entre ellos, animales». Ante el oso y el madroño, los festivos, dos hermanos predicadores con sandalias predican el amor de Dios con un megáfono. Tienen público. Los vendedores ambulantes escuchan con atención sus melopeas. Y cuando los otros se detienen, exhaustos, y suspiran, toda la parroquia de africanos aplaude con sonrisa cálida, jocosa. Solidaria, incluso, qué demonios.