En un par de meses he estado dos veces en Sevilla. El olor de azahar y jazmín, el color de buganvillas y jacarandás sobre el albero y el sonido silente de la ciudad dormida forman un conjunto hedonista donde emerge la silueta de la Giralda siempre en vela. Es una ciudad laberíntica y homogénea que, desde el piso alto de un hotel con vistas a la imponente catedral, recuerda el mapa urbano de la medina de Marraquesh cuando el amanecer ilumina desigualmente las fachadas y terrazas. Hay tantas Sevillas como se quiera experimentar. La de la tradición más tópica, que se le echa a uno encima si se limita a seguir las guías al uso, invadida por turistas y niños que juegan a la Semana Santa con pasos en miniatura portados por circunspectos costaleros de siete años. Pero llega con tomar una calle lateral para sumergirse en la ciudad profunda de tapias mudas y patios refrescantes, de capillas revestidas de plata y terciopelo donde las dolorosas y los crucificados esperan otra madrugá de Viernes Santo. Están las tardes lentas del parque de María Luisa, sin Feria ni fiestas, con su regusto algo pasado y un rincón dedicado a la memoria de Ofelia Nieto, la eximia soprano de ascendencia compostelana. Es la Sevilla perezosa de las márgenes del Guadalquivir, donde uno se sienta al borde del muelle con los pies colgando o contempla desde el lado de Triana, a la caída de la tarde, cómo la vida se remansa ante una copa fresca de manzanilla. Hay una Sevilla nueva que se abre en los remanentes de la Expo, con algunos edificios de buena arquitectura a los que paulatinamente se les van dando nuevos usos después de la resaca del 92. Espacios inciertos, con difícil mantenimiento y problemático futuro, pero que ahí están, ahí quedan. Participé en un debate sobre el avance del plan general, un trabajo lleno de ilusión, muy propositivo, en una ciudad ya colmatada urbanísticamente donde de lo que se trata es de recualificar y no tanto de seguir creciendo. Más tarde, con ocasión de un máster de arquitectura en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, visité de nuevo los talleres de restauración y conservación de este centro, modélico en su género, situado en la antigua cartuja de Santa María de las Cuevas, que fuera famosa fábrica de loza. En fin, la Sevilla del pasado y la del futuro. Las ciudades tienen que moverse, parafraseando a T.S. Eliot, entre la memoria y el deseo. El secreto está en ajustar las dosis de cada uno de los ingredientes.