El fantasma de la inseguridad recorre Europa sembrando desconfianzas en el subconsciente ciudadano y prestando alas al oportunismo ultra. El modelo de fronteras abiertas ha tenido un inmediato efecto positivo sobre los movimientos de personas, mercancías y servicios, pero, al producirse sin las correspondientes seguridades policiales y judiciales, ha favorecido también la libre circulación (y la expansión) de la delincuencia organizada, del narcotráfico y de otras lacras sociales. Son cuestiones con las que no conviene jugar, si no se quiere dar oportunidades a los que garantizan toda clase de éxitos con sus infalibles recetas xenófobas y autoritarias. La seguridad, como la paz, es una legítima ambición de los ciudadanos europeos, que no pueden hallar en su unión más que una razón de engrandecimiento y fomento de unos valores sociales y democráticos compartidos. Escribió Salustio que la concordia hace crecer las cosas pequeñas y que la discordia arruina las grandes. La inseguridad es esa discordia que crece en Europa y que reclama una respuesta satisfactoria precisamente de los más europeístas. Nos la deben.