El enfado de José María Aznar, puesto de relieve el miércoles en el Congreso de los Diputados, es comprensible. Jamás llegó a pensar que la culminación de la presidencia española de la Unión Europea (UE) se produjera con una huelga general contra su Gobierno el 20-J. Lo que demuestra, una vez más, los problemas de autismo e incomunicación política que atenazan a los presidentes del Gobierno rodeados en La Moncloa de papeles, asesores, muñidores, aduladores e intrigantes, que les alejan de los problemas del españolito de a pie, con grandes dificultades para llegar a fin de mes con euros en el bolsillo, en el caso de que tenga la suerte de poder trabajar habitualmente. El presidente del Gobierno afirmó que la huelga es «política» (¿), que está instigada por José Luis Rodríguez Zapatero y que se pretende atacar conscientemente a España y al interés nacional por la fecha elegida. Ya le gustaría al secretario general del PSOE que el partido que dirige estuviera en condiciones de convocar una huelga general, pero las cosas no van por ahí. Es verdad que la fecha está elegida para dañar al Ejecutivo. Pero no es menos cierto que José María Aznar lanzó un reto a los trabajadores a través de una maniobra inaceptable. Equivocadamente, el Gobierno, imaginaba que la presidencia española de la UE actuaría como burladero político, como coartada, para colar una ley rechazable para cualquier sindicato, sin que éstos pudieran reaccionar. El error de cálculo ha sido clamoroso. No sólo por el probable éxito de la convocatoria, sino porque supone la ruptura del diálogo social, e influirá en el desarrollo de la segunda parte de la actual legislatura. Los viejos tiempos terminaron. La reforma laboral se ha convertido en un boomerang que amenaza la tranquila y diseñada retirada de Aznar, imaginada por él mismo. Igual que a Felipe González, el recuerdo y las imágenes del 20-J perseguirán a José María Aznar durante mucho tiempo. El Partido Popular debería saber por experiencia que una huelga general se convierte en una especie de mochila que cada sector social llena con sus reivindicaciones y expresa sus disgustos con los gobernantes. Y a Aznar le van a llenar la mochila. La arrogancia, altanería y ausencia de diálogo, pasan una factura ine-vitable. En una sociedad compleja y abierta como la nuestra, la legitimidad democrática de un gobierno se renueva todos los días a través del acuerdo en algunas materias básicas. Y el proyecto de reforma del sistema de desempleo no es de recibo. Sorprendentemente, el Gobierno ha reunido en el proyecto de ley alguna reivindicación permanente de la CEOE, como la supresión del salario de tramitación, la desaparición progresiva del Plan de Empleo Rural (PER), que afecta directamente al campo extremeño y andaluz, y el endurecimiento de las condiciones de percepción del desempleo, aludiendo a las corruptelas del protegido. Encima de parado, denigrado e indolente. ¿Qué esperaban?