Los políticos, ante un micro, suelen largar hiladas de palabras enlatadas y esotéricas; y recuperan la frescura y sabor de la parla común no bien se cierra aquél o cuando no lo hay. No se sabe la causa , pero sobran ejemplos memorables. El inventario empezó por un «manda huevos», paramicrofonía del señor Trillo en un comprometido lance parlamentario. Dada su afición a las letras clásicas (acabó una tesis doctoral sobre Shakespeare mientras presidía las Cortes, becario de investigación atípico), sería lícito apuntar que la exclamación escondía la forma antigua «(h)uebos», secuencia del latín opus (est) , como si propiamente soltara un recio y viril «manda fuerza». Ni el profesor Tierno Galván jugó del vocablo arcaizante con tanta pericia. Tiene sitio también la castiza expresión «ese tío es tonto del culo», alivio del Ministro de Interior dedicado a un periodista que acertó a preguntarle algo de su incumbencia que no sabía. Encomio y loa merece el que don Mariano abandone el discurso plano propio del opositor (coñazo, en fórmula de sequedad aznariana) y se acoja al registro desenvuelto de los hablantes que gastan boina, cuya compañía añora desde que pregonara fiesta cebollera. Sublime estilo encierra el donaire que dicen que dijo el alcalde siervo cautivo de amor a la dama tras fallida maniobra de cortejo: «Yo a ti te toco el culo cuando me sale de los cojones». Suspende los sentidos la dulzura fónica que produce la contigüidad de sílabas con inicial sorda (ti-te-to) y la sutil insinuación del deseo con la veladura de los eufemismos anatómicos. Un San Juan de la Cruz lo diría más embarullado: «Oh urna que juntaste / concejal y concejala, / concejala en la Amada transformada». Por el contrario, en otros oficios, la alcachofa desenfrena la lengua. El fiscal burgalés removido por sus audacias procesales dio a las ondas esta alada sentencia: «De mis convicciones no me mueve ni Dios». Se nota quien pasó Reválida.