AFECTO OVAL U OVOIDE

JUAN J. MORALEJO

OPINIÓN

20 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

No hay mal que por bien no venga, dicen las más altas instancias opinantes en Teología Futbolera , que se felicitan y se lamentan a la vez por el pisotón con que uno del Bayer Leverkusen le hizo ver a César todas las constelaciones y galaxias. No lo estaba haciendo mal César, pero se tenía la impresión de que los germanos se saliesen con la suya en mancillarle las redes al pollo y acabar de chafarle a Florentino un centenario que las huestes augustocesáreas habían desflorado con alevosía, baño y recochineo. Y el muy pundonoroso del César, con los pinreles hechos cisco, se obstinaba en justificar el sueldo, pero el cisco era doloroso de más e impuso el buen acuerdo de dejar paso al individuo que venía ungido por la Santísima Chorra Histórica y destinado a solista de un recital de inspiración que comenzó por una estirada de las que ahora ya no se llevan para atajar lo que Matías Prats habría llamado un «zambombazo envenenado» o también una «tonelada de cuero». Es decir, un disparo de los alemanes que, como diría el sabio Míchel, si hubiera entrado, subiría al marcador y muy probablemente no habría beneficiado los intereses del Real Madrid. Atajado aquel proyecto de vicegolazo alemán ¿el Golazo, intrínsecamente bello, ya estaba consumado por esa simbiosis de Einstein y Nureyev que atiende por Zidane¿, a Casillas todavía le aguardaban malévolos amagos de goles cantados, el centenario por los suelos y el oigo, patria, tu aflicción..., pero Casillas paró, detuvo, contuvo, retuvo, interceptó, cortó, atajó, Casillas fue lo que Matías Prats llamaba un «inexpugnable valladar» y el centenario se consumó en la certeza de que, para Novenas, la de Florentino, no la de Beethoven ni la de San Antonio. E Iker (no Y Iker, que es hiato) Casillas fue héroe pero no pudo ser impertérrito sobrehumano, y Casillas lloró, y en su llanto de victoria quiso asociar a su triunfo a ese público que él tanto quiere y tanto le quiere, pero, ¡claro está!, esa es una frase hecha y gastada, una frase que antes valía, pero que hoy ya no está a la altura ni del héroe ni del evento. A todos los casilleros dedicó Casillas su triunfo porque, dijo, «¡me quieren un huevo!». En la última edición de la Gramática de la Real Academia puede verse en la lección de los adverbios de cantidad que el superlativo de mucho es muchísimo, y el supersuperlativo de muchísimo es un huevo, que se recomienda para expresar las cantidades y magnitudes inexpresables, inefables, indecibles, lo que se sale de cuenta y razón. Visto lo que Casillas paró ¿¡paró un huevo!¿ todos tenemos que profesarle ese afecto oval u ovoide (no o ovoide, que vuelve a ser hiato) porque, como bien decía Míchel en su pericia comentarista, era un partido que a priori podía ganar cualquiera de los dos equipos y el primero que se adelantase en el marcador ponía a su contrincante en la obligación de marcar su gol para equilibrar la contienda. Y es que el fútbol, con Demóstenes al micrófono, mejora otro huevo.