En vez de preguntarnos si hay motivos para hacer una huelga general, o si es bueno meter en un mismo saco los problemas laborales y los políticos y todos los sentimientos que pueden enfrentarnos a un presidente cada vez más engreído y cuadriculado, preguntémonos quién va a ir a esa huelga, o qué tipo de trabajador se puede sentir motivado para secundar las reivindicaciones hechas por las mismas burocracias sindicales que canonizaron a Javier Arenas y contribuyeron a asentar la filosofía laboral de la derecha, en abierta contraposición con el trato dado a los ministros socialistas. La reforma de las prestaciones por desempleo no es más que la guinda del pastel laboral y social cocinado por el PP, sin oposición conocida y en abierta connivencia con los sindicatos. Y no me parece coherente que, cuando están a punto de rematar el edificio, aparezcan Méndez y Fidalgo para revisar los cimientos. La huelga general es el último argumento de un conflicto amplio y persistente que ya desbordó los medios ordinarios de reivindicación y protesta. Y por eso resulta ridícula esta convocatoria que, dos meses después de sabida y tres días después de oficializada, aún carece de argumentos que justifiquen la repentina ruptura de una etapa de calma chicha y chalaneo laboral. Frente a la impaciencia que anima a los que identifican al PP con los empresarios y a la izquierda con los obreros, la experiencia de anteriores conflictos nos trae la imagen de una antigualla reivindicativa incomprensible para los trabajadores de hoy, que tienden a relacionar la huelga general con la silicona, los piquetes del transporte y la paralización de algunos servicios del Estado que no implican coste para los funcionarios ni quebrantan la actividad productiva. Y así se explica que todas las huelgas generales acaben en una sesión de fuegos estadísticos artificiales, que tanto sirven para demostrar el relativo éxito matutino de la convocatoria como su absoluto fracaso vespertino. Puestas las cosas como están, con la escenificación de un pulso político entre el Gobierno y los sindicatos, no sería razonable que el Ejecutivo diese marcha atrás y se abriese a una negociación que, lejos de presentar alternativas, se aferra a un demagógico continuismo del PER y de las prestaciones por desempleo, ignorando el uso corrupto de ambos modelos y los efectos que producen sobre el conjunto del sistema. Y por eso no queda más remedio que desear un sonoro éxito de Aznar frente a sus arrepentidos jaleadores de antaño, al menos por esta vez y sin que sirva de precedente. Claro que la historia también demuestra que la huelga general es siempre flor de un día, y que, una vez evaluado su éxito por los sindicatos, aquí paz y después gloria. Como siempre.