LA TELEVISIÓN Y EL MUNDO

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

Vuelvo del puente de mayo desfondada. No he estado en Irán ni en Kuala Lumpur. Regreso de casa de mis padres. Siempre me ocurre lo mismo, me quedo clavada ante la tele como una oligofrénica, presa de la caja de imágenes, del ritmo espasmódico de los anuncios. Para los que no tenemos tele, el dichoso aparato supone un anatema con un atractivo indudable, nos atrae como el perfume de la mierda, como las drogas alucinógenas o los zapatos de tacón. Yo me quedo sepultada en el sofá durante días con la tensión bajo mínimos y en los ojos la náusea, la náusea del mundo. No tener tele es el pecado mortal de nuestros días. Los culpables arrastran tras de sí un aura sectaria y puritana, no tener tele es como ser vegetariano o practicar artes marciales, yo procuro en general no mencionarlo. Pero llega un momento en que las cosas hay que decirlas o callar para siempre. El problema de la tele no es que programe basura o documentales instruidísimos, el problema de la tele es algo mucho más profundo, casi ontológico. La tele es un elemento extraño que se nos implanta como un catéter en el cuello, la tele nos impone un ritmo espasmódico y ajeno que llevamos puesto todo el día, la tele introduce en nuestras vidas a gente extraña, indeseable, a la que no trataríamos en circunstancias normales y que nos parasita hasta la saciedad, que nos da la tabarra, que ocupa el poco espacio que en nuestra vida queda para el ocio, para la reflexión, para la rebelión, para la verdadera experiencia. La tele nos infecta de vivencias prestadas, reconstruidas, falsas, de imágenes de plástico y de mundos de cartón piedra. Manipulación, pero no sólo manipulación política (a estas alturas es evidente que ser vasco y nacionalista es una causa perdida ¿menuda democracia del carallo¿) y social (aquí el que no tiene ni coche ni melena es un perdedor), sino también existencial. Verdaderamente más vale no profundizar en el asunto, a un paso estoy de volverme wahabbista como los talibanes. Vivimos en un mundo totalitario, mal que nos pese. Pero aquí el pensamiento único es la imagen y la televisión su órgano de dominación más certero. Se globaliza plantando antenas de telefonía móvil y parabólicas: ¡A la esclavitud por MTV! Decía un amigo mío que es nudista. «La verdadera burka no es la burka sino el cuerpo». «¿Cómo es eso?», pregunté yo. Y él abundaba encantado en el asunto: «La desnudez no acerca ni elimina las barreras entre individuos. Un hombre desnudo inspira mucho más respeto que un hombre vestido, el hombre vestido muestra, el desnudo oculta». Sánchez Ferlosio comentaba este fin de semana en Babelia que la ocultación del rostro en los países islámicos significa la supresión de la persona misma. «El rostro es la persona». No lo sé. Desde luego aquí no vemos más que rostros, pero personas vemos pocas. Nos están esclavizando como en Mátrix, a base de inyectarnos imagen por la vena.