Existen, casi siempre han existido, formas brutales de censura que suelen tener que ver radicalmente con el Poder. Pero existen otras formas más suaves, extramuros de los códigos jurídicos, pero no menos fatalmente eficaces, que son las formas sociales establecidas, en el dominio más abstracto, de los usos, las costumbres, la moral. Una forma actual de esta censura es la tiranía de lo políticamente correcto . A ella tiene que acomodarse quien quiera vivir, sin grandes sobresaltos, en la rueda de las diversas instituciones dominantes, protegido por el mimetismo de la venganza de los poderosos o de las inclemencias de la soledad o la orfandad social. El teatro griego nos muestra personajes penosamente trágicos como Antígona, con su tremenda pretensión de obrar según su conciencia, aunque eso signifique vulnerar una ley que tiene por injusta. Con más humor, pero no menos inteligencia, el infante Don Juan Manuel nos cuenta en uno de sus famosos apólogos la historia de los vendedores de telas invisibles, políticamente correctas, de múltiples aplicaciones para auditores, medios de comunicación, ideologías y sistemas políticos y sociales en general. Un test para valorar el grado de censura dominante es la unanimidad en los juicios y opiniones, la hipocresía de los ditirambos alabanciosos, de modo que el mero constatar que el rey va desnudo o que tal es un carcamal ya supone una imperdonable impertinencia, una provocación de gentes que nunca se conforman con los magníficos logros del régimen sea empresarial, autonómico, nacional o mundial. La censura puede tener sus efectos positivos sobre el lenguaje. Probablemente Cervantes no hubiera desarrollado su magistral ironía si le hubieran permitido decir lo que quería sin tener que disimularlo. Las formas expositivas del autor que se siente amenazado por la censura han variado poco desde el barroco y el Santo Oficio a esta parte. Casi siempre suele haber en sus textos sendos professio fidei, cautio o imbecillitas y declaratio . Es decir: la afirmación de que yo soy buen demócrata, galleguista, o lo que sea. Que, si estuviera vulnerando algún precepto políticamente correcto, sería por mi ignorancia e imbecilidad, no por mala fe, pues declaro mi intención de ser miembro de los fieles . Esto puede aplicarse a toda ortodoxia, a la perversión de la democracia que causa Lepenes y normalizadores lingüísticos, o a los Borbones. O a escribir La Coruña , mi ciudad, sin que un piadoso censor ampute la L .