Este país es muy raro. Ayer se publicó una encuesta que dice cosas como ésta: que la sociedad está satisfecha con la gestión del Gobierno. Casi las tres cuartas partes de los ciudadanos responden que los resultados son los esperados o incluso mejores. Sin embargo, le quita algo más de un punto de intención de voto al PP. José María Aznar dirá: ¡gobierna bien para esto! La misma encuesta pregunta por la labor de oposición del PSOE. Y los calificativos que recibe son demoledores: «blanda», «ineficaz» o «inadecuada». Sólo un pequeño porcentaje se atreve a calificarla como «constructiva». Como el Partido Socialista no hace otra cosa que oposición, podría pensarse que su aceptación popular tiene que ser negativa. Y la sorpresa es que ocurre lo contrario: el PSOE sube en intención de voto y se acerca un poco más al PP. Hay encuestas todavía más positivas, que le sitúan a sólo 4,9 puntos de distancia; quizá insuficiente para ganar en 2004, pero bastante para llenar de euforia a Rodríguez Zapatero. ¿Qué extraño misterio encierran estos sondeos para producir estas contradicciones? ¿Empezaremos a estar hartos de Aznar y su equipo, aunque lo hagan bien? ¿Estaremos deseando un recambio, aunque no esté asegurada la buena gestión? Es posible. Yo no creo para nada en las encuestas. Sobre todo, cuando faltan dos años para las elecciones y los preguntados arriesgan poco en sus respuestas. Pero cuando tantos sondeos coinciden en resultados y vaticinios, algo está pasando. Algo falla, porque no es posible que pensemos que tenemos un Gobierno eficaz, al tiempo que le reducimos el apoyo. Y es más imposible todavía que tengamos una oposición inadecuada y aumenten los ciudadanos que la quieren llevar al poder. Si yo fuera Zapatero o estuviera en la piel de ese buen analista que es nuestro paisano José Blanco, no pondría el champán a enfriar todavía. Pero, si fuera José María Aznar, me empezaría a inquietar. Las elecciones no se pierden sólo el día de las urnas. Se empiezan a perder el día que la gente comienza a decir que es posible la derrota. Y lo nuevo en los últimos seis años es que la gente, al parecer, lo ha empezado a decir.