Los hosteleros de Santiago fueron a ver al alcalde para pedirle que frene la construcción de hoteles de cuatro y cinco estrellas, argumentando que el sector está en declive, que la Capitalidad Europea de la Cultura fue un bluf, que hay una bajísima ocupación, y que un alto crecimiento de la oferta puede llevar a la ruina a muchos empresarios ya establecidos. Pero yo escribo este artículo para lo contrario: para darle la razón a Fraga ¿«que no cuenten conmigo para este tipo de restricciones»¿, y para pedirle al alcalde que llene la ciudad de lujosos hoteles. ¿Por qué? Porque estoy harto de pelear en solitario contra las infladas estadísticas del Xacobeo, contra nuestra condición de destino de referencia , contra la idea de que los coches se van para Valencia y Andalucía mientras sus ocupantes recalan aquí, contra ese misterioso turismo que crece vertiginosamente mientras descienden los vuelos y los viajeros del ferrocarril, y contra los empresarios que se pasan el día tocando el tambor alrededor de la Xunta, el Xacobeo y la gastronomía. Si hemos tenido que tragar aquello de los siete ¿¿o diez?¿ millones de peregrinos, y hacer el estúpido en plan colectivo, no veo por qué tenemos que fiarnos de los números del Ministerio de Industria para ponerle freno al maná del Apóstol. Y si los hosteleros fueron cómplices en el uso propagandístico de una estadística fraudulenta y hecha a ojo de buen cubero, que no me vengan ahora con restricciones interesadas a la inversión y al empleo. ¡Hoteles, señor alcalde! ¡Queremos hoteles! ¡No pongamos clientes cautivos al servicio de los malos empresarios! Porque, si tenemos más turistas que Málaga, ¿por qué nos vamos a contentar con la quinta parte de sus camas y un nivel de calidad tercermundista? Más de una vez he dicho que entre los síntomas más evidentes de nuestro atraso está la manipulación estadística. Y por eso es bueno que aprendamos en carne propia las consecuencias de un juego que ya se empieza a notar en los palacios de congresos, las ferias, las facultades sin alumnos y las orquestas sin melómanos, y que muy pronto se notará también, si Dios quiere, en la Ciudad de la Cultura, en los conservatorios y en los trenes-bala (?) vacíos. El otro síntoma a analizar tiene mucho que ver con la calidad de los empresarios. Porque ellos deberían saber que los nuevos hoteles no tienen su única justificación en los déficits de oferta, sino en la necesidad de sustituir tugurios, pensiones y hoteles de bajísima calidad por otros que estén a la altura de los tiempos. Y eso no puede combatirse con la peregrina idea de favorecer al que llegó primero. Así que ¡a hacer hoteles! Porque ahí está Fraga ¿digo yo¿ para llenarlos. Y porque no podemos defraudar a los quince millones de peregrinos ¿¿o veinte?¿ que ya hacen sus maletas para el Xacobeo 2004. ¡Ei carballeira!