PARÉNTESIS EN EL TIEMPO

JOSÉ A, PONTE FAR

OPINIÓN

30 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hay un cuento de Antonio Pereira en que un joven opositor a notarías, encerrado en casa y enfrascado en temas de retractos y laudemios, no se enteró de que había estallado la guerra civil en España hasta que llegaron unos guardias a su casa para detenerlo por prófugo. También Leónidas Andreiev dejó escrito otro, en el que un comerciante de Jerusalén, aquejado de un fortísimo dolor de muelas, no atendió los requerimientos de su mujer e hijos, que le avisaban de que por delante de la casa familiar estaba pasando, con una cruz a cuestas, un tal Jesús Nazareno camino del suplicio. Tan enfrascado estaba en su circunstancia dolorosa, que no se enteró de un hecho de tanta trascendencia como la muerte de Jesucristo. Ya sabemos que, a veces, los árboles no dejan ver el bosque. Y también, que el decidido empeño de vivir nos hace estar por encima del tiempo y sus circunstancias. Esto último lo pensé el otro día al encontrarme con Ramón, ya un señor mayor cuando yo era niño, y hoy un joven de más de noventa años. Siempre en el mismo lugar, en una aldea alejada de mi pueblo, a la orilla del río, prendido de la magia diaria del vivir. Y ahí sigue, por encima de los líos de su tiempo. Yo había estado algunas veces en su casa con mi padre. Mientras ellos hablaban de sus cosas, me dejaba una caña para entretenerme pescando en el río. No sé por qué, pero aquel paisaje nunca se borró de mis retinas. El río Tambre, en un cañón profundo, enfilando su último trayecto hacia el mar; unas carballeiras de cobre adornando la esmerada pradera; una fila de manzanos florecidos al borde de un sendero que se perdía en un boscaje de silencio y de misterio. Todo grande, pero proporcionado y en equilibrio. Nunca pesqué nada, pero eso no importaba. Sabía que antes de marcharnos, Ramón vendría con otra caña artesana, echaría el anzuelo en dos o tres recodos estratégicos que él sabía, y regresaría al poco tiempo con media docena de truchas envidiables. «Hala, xa pescaches para a cea», me decía. Cuando el otro día me encontré con él en su aldea, tuve la sensación de que en el tiempo se había abierto un paréntesis de años, fuera del cual nada había tenido demasiada importancia. Todo seguía igual: el paisaje impresionante, la casa ribereña, Ramón y su sosiego. Aquí el tiempo se ha detenido o ha transcurrido inútilmente. Por lo menos, ni el río ni los robles ni el sendero, ni ese silencio con olor a heno y a hierba mojada se han enterado de que el mundo siguió andando. Tampoco Ramón ha cambiado mucho en estos años. El tiempo lo ha trabajado menos que a cualquiera de su edad. Vivió siempre aquí, en esta ladera con vistas. Y desde la sencillez de su entorno, como metáfora de un buen poeta, ha tratado de convertirse en tierra para entender la vida, ha intentado aprender la ausencia para entender la muerte. Con sosiego y con naturalidad. La misma que empleó siempre para adivinar que, bajo la helada de la mañana invernal se oculta una primavera luminosa, que acabará despertando el paisaje y calentando la paz de su alma. Me reconfortó encontrarme con Ramón y con su mundo. Lo único que eché de menos fue a aquel niño que era yo entonces y la capacidad de asombro que había en su mirada.