OLOR A HUELGA

OPINIÓN

30 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Hoy celebramos un Primero de Mayo emocionante. Servirá para medir la cantidad de público que prefiere el mitin a la escapada a la playa. Podremos medir el nivel de cabreo obrero con el Gobierno. Escucharemos rotundas palabras contra el liberalismo galopante y el no galopante. Oiremos diatribas contra esos enemigos del currante que son Aznar, Berlusconi y Blair. Y tendremos la oportunidad de saber exactamente por qué motivos se convocará una huelga general. Este Primero de Mayo será el no va más. Por eso me intriga por qué nuestro Gobierno, que todo lo calcula, lo mide con encuestas, y lo somete a los parámetros de Pedro Arriola, ha sido tan oportuno al anunciar la reforma del paro. Eligió el momento justo ante el Primero de Mayo, como diciendo: «Mira, Cándido, mira, Fidalgo, os vamos a hacer un regalo para que tengáis motivos para protestar, que andáis medio muermos. Por el Gobierno que no quede». Y les sirvió esa reforma. Sin mesa de diálogo ni nada parecido. Y con un detalle para provocar: que un parado tenga que aceptar un empleo en 50 kilómetros a la redonda. Para calentar más el ambiente, convocó una reunión (sólo una, no hay que pasarse) dos días antes del Primero de Mayo. Sabía que no habría acuerdo, porque no está dispuesto a retirar la reforma ni a cambiar nada sustancial. Pero se convocó para certificar la distancia entre las partes. Y lo consiguió: todos salieron convencidos. Unos, de que no se puede hablar con los sindicatos. Otros, de que no se puede hablar con el Gobierno. Todo ha sido, por tanto, un éxito. Los sindicatos se han cargado de razón para seguir embalados hacia el desastre final. El gobierno ha colaborado en preparar el clima. Espero que tengan más puntería para ilegalizar Batasuna. Pero, ¿qué queréis que os diga? Tonto, el Gobierno no es. A estratega, nadie le gana. Entonces, ¿qué pasa? ¿Ha cogido una pájara? Estoy empezando a pensar que alumbró otra gran estrategia: que haya huelga, pero que sea un fracaso. Sería el último órdago de un Aznar convencido de que, si España va bien, no puede triunfar una huelga general. Sería la versión moderna del conocido principio felipista: «A mí nadie me echa un pulso».