ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
23 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Al día siguiente de los comicios que convirtieron a Mitterrand en presidente, Le Monde publicaba una viñeta en la que un parisino exclamaba asomado a su ventana: «¡ Ah, mon Dieu, Mitterrand a gagné aux élections et la Tour Eiffel est toujours¿ la même place! ». Qué buenos viejos tiempos, pensarán hoy muchos franceses, aquéllos en los que a algunos sobresaltaba la victoria de un hombre que creía a pies juntillas en los valores que habían hecho de Francia la patria de la igualdad, la fraternidad y la libertad. Lo de Le Pen, claro, es otra cosa: una vergüenza. Aunque Le Pen, por más que pueda parecerlo, no es el auténtico problema. Competirá, es verdad, en la segunda vuelta con Chirac, pero ello será mucho más la consecuencia de la crisis galopante del sistema tradicional de partidos francés que del avance del líder del Frente Nacional, que ha pasado en 14 años del 14,4% al 17% de los votos: no es ése un balance para salir corriendo a echar foguetes . Salvo que se lo coloque al lado de otro más rotundo: el de las cuatro fuerzas que han vertebrado el funcionamiento de la V República francesa (socialistas, comunistas, gaullistas y centristas), que agruparon al 77% del electorado en las presidenciales del 88 y al 71% en las del 95. En las celebradas el domingo han llegado al 46% a duras penas. Y es precisamente esa debacle la que explica que, pese a su corto avance, Le Pen pueda soñar hoy en convertirse en Monsieur le Président . Jospin será, por razones evidentes, el pagano del desastre. Pero el desastre ha sido general para la izquierda (PCF y PS) y la derecha (RPR y UDF), que ven entrar a saco en su electorado a verdes, derechistas, cazadores, radicales y trotskistas. Decir que Francia ha sufrido cambios sociales, culturales y económicos profundos en las dos últimas décadas para tratar de dar cuenta de ese giro radical del comportamiento electoral es una forma de interpretar sin explicar. Pues lo que hay que explicar, precisamente, es por qué tantos electores confían de pronto en un partido de los cazadores o en el trotskismo ¿¡en el trotskismo!¿ para solucionar los problemas de la Francia del año 2002. Habrá quien creerá que los franceses han jugado al escondite en la primera vuelta, pensando en votar en serio en la segunda. Y quien opinará que cuanta más diversidad, mejor le irá a la democracia. Yo siento ser menos amigo de las fantasías electorales y políticas. Y es que después de haber dedicado muchas horas a estudiar sobre el asunto no he sabido de ninguna democracia que haya funcionado razonablemente bien con un electorado atomizado apoyando a una docena de partidos. Eso, y no que Le Pen llegue a presidente -lo que jamás sucederá- es lo que las elecciones del domingo han puesto en primer plano: por eso sería un grave error negarse a oír a tiempo esa llamada de la selva.