FERNANDO ONEGA
19 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Ya tenemos gresca. El Gobierno se ha creído su eslogan de «centro reformista», y está dispuesto a reformarlo todo. Ahora, con valentía de llanero solitario, ha decidido entrar en el rancho sindical. Después de los garbeos por la educación, los impuestos o la Ley de Partidos, se propone reformar el subsidio de paro. Argumento número uno, ese seguro tiene que ser estímulo para encontrar empleo, no para acomodarse a no hacer nada. Argumento número dos, se están cometiendo abusos en el cobro. Y objetivo soñado, reducir las listas de desempleados, porque no puede haber tantos parados como dice la estadística. Los sindicatos se han apostado con rifles en el límite de la finca, dispuestos a resistir. Ven la reforma como una provocación del capitalismo feroz. Descubren el fantasma de Berlusconi cabalgando sobre la legislación laboral española. El último parte dice que se escuchan disparos de intimidación. Es un duelo de titanes entre un Aznar sobrado de autoridad y convicción, y unos sindicatos que necesitan argumentos para desperezarse. No creo que nos lleven a una huelga general. Ni hay clima para ella, ni estos sindicatos son los del 84, ni Aznar querrá la memoria de esa protesta en su currículum. Pero sorprende que se haya lanzado al aire esta reforma sin consenso. Una de dos: o el Gobierno sabe que sus propuestas nunca serán aceptadas por los sindicatos, y por eso no se molesta en negociar, o ha puesto el listón muy alto para ceder después. Es decir, que habría lanzado un globo-sonda con la esperanza del gallego: «A baixar sempre hai tempo». Tiene que haber algo de esto último, porque el país del España va bien no puede verse empañado por una gran protesta social. Mientras tanto, al gobierno hay que decirle lo de siempre: si la reforma es tan necesaria, no la estropeen con las formas. Y los sindicatos deben recordar que hay zonas geográficas de España ¿y quizá zonas mentales¿ donde es un timbre de orgullo tener un hijo que «trabaja en el paro». Un sindicato del siglo XXI no puede quedarse en defensor de esa cultura. Porque el paro es un drama humano. Pero, cuando eso ocurre, se convierte en enfermedad social.