XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
17 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Hermético e imprevisible, como un papa de los de antes, el presidente Aznar se está revelando como el único mortal que es capaz de crear un tórrido suspense a base de decir lo que no va a hacer, y de administrar la nada con admirable maestría. ¡No seré presidente! ¡No estaré en el Congreso! ¡No pediré apoyos para presidir la Unión Europea! Claro que, detrás de su franqueza castellana, se aprecian ya dos importantes incógnitas. Porque todo indica que no se negaría a presidir la Unión Europea si todos se lo pedimos humildemente; y porque acaba de insinuar que pasará una legislatura sabática en el Senado, mientras aplica su tenacidad a alguna de esas cosas interesantes que hay fuera de la política. Frente a todos los pronósticos -incluido el mío-, el paso de Aznar por la Moncloa va a terminar de una forma singularmente brillante, con la aureola de quien supo entender la política como un servicio y de quien se aplicó sin desmayo a su personal regeneración de España. No se va derrotado, como Adolfo Suárez; ni pasa desapercibido, como Leopoldo Calvo Sotelo; ni dice Diego -como Fraga- donde había dicho digo. Y por eso abrirá la nómina de ex-políticos que regresan intactos a su casa, con la posibilidad de volver a la arena si la patria los necesita -como Escipión el Africano-, o de convertirse en un referente de las virtudes públicas que se encarnan en un honrado ciudadano. Y no sólo se niega a quemar su brillante historia haciendo el trosma en un escaño inútil, como Felipe González, sino que va a ganar, sin presentarse, las elecciones de su sucesor. Lo curioso es que todas esas genialidades coinciden con un bagaje muy magro en su gestión política. Sus grandes reformas en materia penal y social (violencia doméstica, terrorismo, acoso, extranjería, drogas, transparencia política) son un fiasco o están inéditas. El problema vasco está peor que cuando el PP llegó al poder. La política exterior es un rosario de contradicciones salteadas con espantosos ridículos. Su papel en la UE no pasa de ser secundario, con una imagen interior fastidiosamente engolada y siempre alejado de los grandes debates del futuro. Su discurso regenerador se reduce a una estéril sucesión de silogismos en bárbara. Su lucha contra la corrupción se estrella contra las evidencias de los casos Zamora, Cañellas, BBVA y Gescartera, y su exitosa política económica sólo viaja si va enganchada al crecimiento cíclico de la Unión Europea. Pero Aznar ya está fuera de las competiciones menores, y su figura pesa como una losa sobre una oposición que en ningún momento supo medirse con él, criticar su gestión o presentar un proyecto alternativo. Por eso pasará a la historia como uno de los grandes. Gracias a lo que no va a hacer, y a José Luis Rodríguez Zapatero.